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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Álvaro
Amengual
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Claudia
Anselmi
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Gustavo
Fernández Cabrera
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Edgardo
Flores
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Cecilia
Mattos
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Analía
Sandleris
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Álvaro
Zinno
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        "... en cualquier lugar, en tanto sea fuera de este mundo" Baudelaire
        Los
años 80' vieron en el Uruguay el nacimiento de una generación
atípica de artistas madurados y llegados al mundo creativo durante la
dictadura militar (1973 - 1985), silenciados por la censura en la edad de mayor
extroversión, habitantes de un mundo ficticio que aplastó a fuerza
de prepotencia la inquieta vitalidad de los explosivos años 60'. En razón
de su inserción temporal no integrada a la revolucionaria generación
del 68', pero tampoco a la de la segunda mitad de los años 80´
- de un autismo compulsivo medrado en un mundo virtual - su sentido de pertenencia
se disolvió entre ambas décadas, sin participar sino en forma
tangencial de ambas, de alguna forma víctimas de desarraigo temporal.
A horcajadas entre dos etapas históricas de carácter definido,
su adscripción estética a una forma o criterio conceptual - a
diferencia de las generaciones inmediatas de asignación algo más
fatalista - fue cuestión de afinidad espontánea y personal.
        Sus primeros acercamientos al mundo del arte se produjeron
en contexto despojado de referentes institucionales o personales: ENBA clausurada,
artistas emigrados, información silenciada o limitada en un país
cuya historia fragmentada aisló en forma estanca cada instancia temporal,
manteniendo sólo minimizados hilos conductores, memoria persistente de
un Uruguay definitivamente desaparecido. La liberación cultural que para
los artistas de los 80´ trajo la democracia fue sólo aparente,
puesto que la represión psicológica ejercida sobre su niñez
y su adolescencia actuó como barrera de contención a la naturalidad
o al desborde. Quizá el miedo haya sido un fenómeno de mayor incidencia
en quienes provenían de la generación de los 60´, que en
estos jóvenes que no conocían sino el silenciamiento como estado
natural: a mediados de la década de los 80´ el pasado próximo
fue objeto de sus diatribas más por solidaridad que por reacción
espontánea en razón de conocimiento empírico. Su presente
fue la contemplación silenciosa del fracaso de todos los modelos: generación
desestructurada, solitaria y ausente, no militante ni globalizada. Acaso su
actitud reflexiva y enjuiciadora tendría origen en su emplazamiento histórico
irremisiblemente próximo a dos extremos conceptuales, acaso por haber
podido tomar ad libitum distancia psicológica de ambos. A su favor contaron
con el resabio de un sustento cultural supérstite aún vinculado
a valores universales y humanistas, a posteriori sólo sostenidos por
actitudes individuales, náufragos en un mar de mediocridades e indiscriminación
tras el vaciamiento de los significantes, la negación arrogante de un
pasado artístico ignorado y la exacerbación del espectáculo
de lo nuevo como valor per se.
        Esta generación intermedia, carente de utopías,
careció asimismo de figuras míticas o hegemónicas contemporáneas
a quienes emular, en tanto la necesidad de un derrotero los empujó a
la búsqueda de referentes en el pasado, en la tradición nacional
o internacional, con un retorno a la figuración, la citación de
viejos maestros y un acercamiento - tal vez por afinidad espontánea -
al violento expresionismo colorista de los movimientos "Nuevos Salvajes"
de Alemania y "Transvanguardia" de Italia. La visión irónica
- a menudo humorística hasta el sarcasmo - fue un arma de uso frecuente
frente a una realidad de compleja interpretación para estos jóvenes
que habituados a la opacidad de las apariencias, ignorantes de los códigos
de acceso a una realidad oculta, desbordaron signos expresivos de emociones
inefables sin ataduras estéticas a escuelas, pero con la herencia rigurosa
de la técnica. Esa tónica mordaz se incorporó naturalmente
a su estética, alcanzando en ocasiones el tono ácido de la resignación
compelida, con un matiz de nostalgia indefinida, de insatisfacción por
lo vivido en forma distante o por reticente capacidad de adaptación a
un mundo globalizado, serial y mediocre. La generación 80´, en
sí misma epígono de la tradición, no engendró sucesores
sino que, nacida huérfana, fue denostada por las nuevas generaciones
de los 90´ y del nuevo milenio.
        Si por efecto del devenir histórico local estos
jóvenes carecieron de muchas de las ventajas que beneficiaron a otras
generaciones, su aislamiento cultural les permitió a posteriori una absoluta
independencia en la creación de una estética - hecho fácilmente
perceptible en su obra - puesto que, desde su geografía y su limitada
integración mediática, no sufrieron la influencia despótica
de la moda, luego irremisiblemente globalizada. El carácter de sus propuestas
se gestó en la reflexión autorreferente para irradiar hacia lo
humano universal, asumiendo como indeclinable su compromiso con el arte, fidelidad
a un destino por aceptación y no por arbitraria y glamorosa opción.
Propuestas que, enriquecidas por un responsable bagaje cultural, aspiraron a
la comunicación a través de un lenguaje elaborado y una solvencia
técnica. Casi tres décadas han transcurrido desde la emergencia
de estos artistas cuya obra maduró tanto como su propia personalidad,
pues entrambas han edificado y diversificado a individuos y artistas, en mutua
incidencia, manteniendo sin embargo algunos de sus rasgos primigenios. Esta
generación cumple hoy una labor de magisterio, contando
        Habida cuenta de que no existen verdades absolutas ni
generalizaciones de validez total, la simplificación de un enfoque permite
un uso más cómodo de la información al evitar onerosas
nóminas de salvedades, haciendo posible la consideración de un
corte temporal como reflejo de una visión del mundo en tiempo y lugar
precisos. En tal sentido la selección de un grupo de artistas aún
adolescentes en 1973, debutantes en el arte a fines de esa década, es
arbitraria, pero tan válida y oportuna como otra del mismo corte temporal,
a efectos de rescatar hoy - 2008 - un período de medio siglo en la vida
de un puñado de plásticos uruguayos gestados y emergidos en una
etapa sui generis de la historia cultural del país. Álvaro Amengual,
Claudia Anselmi, Gustavo Fernández Cabrera, Edgardo Flores, Cecilia Mattos,
Analía Sandleris y Álvaro Zinno son algunos de los creadores pertenecientes
a esta generación que hace ya largo tiempo alcanzó la madurez
artística con un nivel de relevancia sostenido. Habitantes de un tiempo
y un espacio tan particulares, integran laxamente una franja temporal de límites
imprecisos, de relativa cohesión, si bien aun considerando las variantes
imponderables, son irrenunciables los factores determinantes de un espíritu
en común. Cambios radicales y acelerados han transcurrido desde las primeras
presentaciones de estos artistas, quienes como cualquier individuo experiente
han modelado esa parte de su personalidad pasible de modificación ad
libitum, pero han mantenido aquélla que pervive sostenida o emerge aleatoria
con su complacencia o sin ella. En diferente medida - constante u ocasional
- aún es visible en sus obras una tendencia de retorno al pasado, sea
éste histórico o personal, así como la emergencia de una
punta de ironía, una visión sombría y hasta un desarraigo
por falta de lugar en el mundo, refrendados por la constante de los elementos
figurativos, que continúan marcando presencia más o menos absoluta
o tácita en todos ellos. Cincuenta años es un aniversario relevante
en la vida del individuo occidental, pues marca una culminación y una
inflexión que en la carrera de un artista puede determinar un antes y
un después. El grupo se constituye en este caso con artistas ya consagrados,
dispuestos a compartir el criterio de exhibir obra en conjunto regido por premisas
temporales. Cada uno de ellos ha desarrollado un mundo de variadas expresiones
y técnicas - en varios casos ajenas a la plástica - de las que
sólo una representará a cada artista en este emblemático
aniversario, en algunos casos la más representativa y en otros una poco
difundida de su producción, pero lo bastante relevante para ameritar
su exhibición.
        El saturnal temperamento de Álvaro Amengual encara
en forma animista la expresiva representación del momento en la floresta,
el tiempo efímero detenido en la captación del instante. Lo fugaz
y cambiante transita por las escenas de lo cotidiano, belleza de la luz derramada
sobre la naturaleza mudable y eterna. La ironía, sustancia inherente
a su obra, se ausenta en estos dibujos de espíritu epifánico,
revelando lo deslumbrante de las cosas simples, pero silenciosamente perecederas.
El caso de Claudia Anselmi, contando a la gráfica entre sus expresiones
más exquisitas, es el de una artista cuya obra, si ceñida a parámetros
técnicos inscriptos en lenguaje tradicional, escapa hacia una total libertad
en el plano del soporte, quizá como forma de inconformismo, quizá
como expresión de un ansia de búsqueda acicateada por la insatisfacción.
Un vestido es la fibra funcional sobre la que se estampan sus monocopias, una
indumentaria atípica como soporte atípico de un grabado. Un vestido
"arte" desdoblado en la angustiante situación de la mujer que
lo luce: el ornamento inútil, paradoja y antinomia de lo bello y lo utilitario
absurdo.
        El mundo de Gustavo Fernández es místico,
arcano. Un universo espiritual rico en connotaciones antropológicas,
religiosas, cultuales, que se intuyen integrantes de un acervo patrimonial tan
antiguo como la especie humana y tan vigente como su propia inmanencia. Lo inefable
primitivo, mágico pero íntimamente familiar, es la materia sutil
que se reifica en clave plástica para constituirse en altares, ex votos
y elementos de culto popular. Esculturas y objetos de rústica impronta
como símbolos de entidades veneradas o temidas. Incansable búsqueda
de un lugar desde donde asir el conocimiento esencial.
        Si bien su labor más representativa se vincula
al grabado, Edgardo Flores ha desarrollado series de collages de especial énfasis
cromático y libertad formal, restringidos a escasos elementos plásticos,
distantes de sus barrocas xilografías sobre temática del boxeo.
Sintéticos, sus rostros - máscaras juegan a la interacción
de forma y color, simples en su composición, complejas en sus connotaciones
narrativas, de contornos recortados y aristas aguzadas. Retratos grotescos,
satíricos, despiadados hasta el humor, manteniendo el espíritu
expresionista de sus grabados.
        Cecilia Mattos, desde su personal mundo creativo, de
pueriles referentes icónicos, compone sus acuarelas con la evanescente
y translúcida tonalidad del recuerdo, utilizando símbolos de extravío,
desorientación, tránsito hacia un objetivo inaccesible. La deriva
implica siempre una pérdida, pues si la meta estuvo fijada de antemano,
un impedimento lanzó al viajero al garete, oscilación involuntaria,
abandono en manos del destino o de fuerzas aleatorias. El sol, emblema vital,
negación de las sombras, es el objetivo inasequible de una barca a la
deriva; un sentimiento de pérdida y una explícita nostalgia por
lo imposible.
        La obra pictórica de Analía Sandleris
es densa, profunda, emotiva. Con una aplicación sistemática del
tono y una marcada huida al pasado, sus cuadros evocan "ese ruido misterioso
(que) suena como una partida": sentimiento baudelairiano de abandono y
nostalgia por lo que ya no será. Obra recia como una coraza y delicada
como un afecto. Uno de los habituales formatos de sus pinturas es el políptico,
signo de fragmentación y de recomposición de los múltiples,
tal vez como representación de una realidad sensible de larga data.
        Álvaro Zinno ha especulado con temáticas
diversas, si bien son frecuentes las imágenes del deterioro y la angustia
desolada. Espacios acotados de dimensión variable, acelerados por ángulos
insistidos como finales inexorables, los planos propenden a la inclusión
manierista del observador enfrentado al despojo enrarecido. En parámetros
opresivos o abiertos en grandes panoramas paisajísticos, las proyecciones
ortogonales vacías se presumen inquietantes, como la persistente presencia
de lo ausente.
        Un sintético muestreo distante de razones estadísticas,
pero en el que esta generación atípica visitada en la obra de
siete artistas - representados en diferentes técnicas - parece conservar
el hilo conductor de sus visiones del pasado, teñidas de nostalgia, desarraigo
y ausencia, en las que trasunta frecuente una incisiva ironía, emergente
de su resistencia a la realidad temporal. Condición común: un
cierto aroma poético de flores secas, un sentimiento de acontecer irreversible,
un retorno hacia otro tiempo o lugar nacido de un desarraigo que no desapareció
por efecto de la madurez, sino que permaneció como un espíritu
trágico ligado a su devenir artístico.
MARÍA E. YUGUERO