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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Diego Alfonso Más
28/5/1974 Nace en Montevideo (Uruguay)
1992-1996 Formación
en el taller de Clever Lara en dibujo y
pintura.
Estudio
del natural de la figura humana con Alvaro Amengual y Rogelio Osorio.
1994 Participa con el taller Lara en el primer Museo Abierto de
Artes Visuales del país, pintura mural en San Gregorio de
Polanco (Departamento de Tacuarembó>.
1997 Participa en el Primer Museo de Arte Mural de Carácter
Histórico en la ciudad de Rosario (departamento de Colonia).
1997 Mención especial, Concurso de Pintura del Banco
Hipotecario del Uruguay.
1998 Revelación Artística Joven, VII Bienal de Salto, Artes
Plásticas y Visuales.
1998 Expone en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas
inaugurando la Sala de Exposiciones.
DEL DITIRAMBO A LA POSMODERNIDAD
Dionisios Pantocrator o la ratio vencida. El mito de la disolución, el
anonadamiento en el inconsciente y los gritos paroxísticos "evoh‚" de las ba-
cantes entregadas a ritos orgiásticos. Dionisios vincit, Dionisios regnat,
Dionisios imperat. Apolo vencido, el logos del modernismo yace sobre una ban-
deja ofrecida por la plebe al reinado de la sensación, de la alegría desbor-
dada por el espíritu de Eros y el hartazgo de los placeres hasta su subsumi-
sión en Thanatos.
La procesión de sátiros y ménades es la sonrisa de la posmodernidad,
pletórica en el triunfo de los sentidos, de la imagen y el color, de la individualidad
ficticia, que sólo es la fusión del uno en el inmenso número de la masa anónima
y feliz. San Jorge paradigmático y San Sebastián mártir sonríen ebrios de vino
y sensualidad, lanceados por las flechas de Eros, mártires otros de una nueva religión.
Satán se complace presidiendo la ceremonia, desarrollada en un espacio ficticio:
el teatro abre su telón de boca para el desfile de la alegre comparsa.
Los anacronismos conviven en divertida parodia, ya que no a la manera de
los quattrocentistas, entrecruzando tiempos y espacios, frisos eróticos decorativos,
escenas míticas, castillos medievales, personajes e indumentarias de diferentes
cronologías, en un todo intertextual.
Ironía en la configuración iconográfica de una crítica ácida a los valores de
nuestro tiempo: cultura soft, sensualidad en la imagen mediada, sonrisa de los
medios, tiempo extemporáneo y espacio ficticio.
No es difícil deslumbrarse frente a la poesía de la imagen mitológica griega,
en especial si ésta se formula en un lenguaje dúctil de forma, color
y composición, como en el caso de los dibujos de Diego Alfonso Más. El "Ciclo
Ditirámbico" reviste cualidades inusuales por estos tiempos: derroche de cromatismos
restallantes meditados a la luz de la armonía; manejo solvente de la línea y de la
construcción del espacio apaisado; utilización proficua de la técnica del pastel,
de por sí compleja.
La muestra de este joven paradigma reivindicador de postergados valores
formales y conceptuales entrada una significativa esperanza para la plástica
nacional.
Diego Alfonso tiene una edad que no llega al cuarto de siglo y sin embargo
su memoria carga con más de 2000 años de historia. Tal vez por lucidez o
por tozudez intelectual no ha querido verse involucrado con una de las características
más notables y terribles de nuestro siglo: la noción de progreso y
la consecuente entronización de lo nuevo como valor en sí mismo.
Alfonso es tan ajeno a este espíritu de transitoriedad como sin duda debe
ser ajeno y enervante su ser y su obra para sus contempladores.
Su indiferencia al hoy lo mantiene anclado en un espacio mítico en el que
hombres y dioses, en un tiempo eterno, teatralizan hazañas de amor y de muerte,
que dibujan nuestra miserable y grandiosa humanidad.
Diego Alfonso transita por la tradición con la reverencia religiosa y la
fe de un peregrino; su Biblia es la "Metamorfosis" de Ovidio y su compañero de
viaje más preciado, el veneciano Giovanni Bellini, entre otros gigantes sobre
cuyos hombros ha edificado su discurso. No intenta nada más que eso; no es un
conquistador de nuevos territorios, es un monje en cuyo claustro se refugia
para transcribir un decir y un hacer anterior a lo anterior.
A pesar de esta voluntad negadora de la novedad, no deja de ser paradojal
que Alfonso se presente en el ámbito de la plástica como un "rara avis", mar-
cando una presencia pasiva a la manera de un individuo inmóvil y silencioso,
en una habitación en la que todos gritaran y gesticularan para hacerse oir y
ver.
Tal vez esta muestra despierte la ira del público, críticos y artistas
vanguardistas, que es decir del arte oficial. Tal vez en este maremagnum de
propuestas "novedosas" la circularidad histórica torne transgresora y molesta
a esta obra. Tanto da. Lo dicho, dicho está, como hecho, hecho está.
El taller está a oscuras. Sólo un foco anémico ilumina la obra. Sobre alguna
silla, libros de anatomía, mitología, un Santoral; en el piso estudios,
esquemas geométricos, Ovidio y Bellini; más allá, la penumbra habitada por música
portuguesa del siglo XVI. Bajo el haz de luz Alfonso dibuja y pinta; afuera, en la calle,
anochece tornando obsoleto algo concebido por la mañana.
ALVARO AMENGUAL
Marzo de 1998