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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Álvaro Amengual
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Alvaro Amengual nace en Montevideo en el año 1957. En el año 1977 ingresa al Instituto de Bellas Artes San Fancisco de Asís, cursando el taller de Dibujo y Pintura dirigido por Clever Lara y el taller de Escultura dirigido por Freddie Faux.
En el año 1986 es seleccionado por el Museo Nacional de Artes Plásticas y Visuales, para participar en el curso de grabado en metal, dictado por el Prof. David Finkbeiner de la Universidad de Purchase - New York.
Al año siguiente es invitado por el Club de Grabado a participar en un curso de litografía dictado por el Arq. Alvaro Cármenes. |
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Con frecuencia ocurre que la observación de una imagen o la experiencia de una sensación producen un retorno vívido de situaciones que se reconocen como familiares. En ocasiones son recuerdos empíricos, pero a las veces esas imágenes escapan a los lindes de la razón y parecen resonar desde un plano inexplicable y atemporal: el mundo imaginario o el onírico. El individuo transita entonces desde su universo pragmático hacia una dimensión universal regida por códigos contradictorios, fantásticos o absurdos.
El artista posee esa potestad de hierofante, decodificador de mundos crípticos, pero sin embargo familiares, puesto que conformes a una esencia humanamente común, cuyas claves de acceso él posee, nuevo Caronte en tránsito hacia una nueva escatología. El hombre como ser en permanente transición ha sido piedra de toque de múltiples disciplinas, intentando escrutar el inefable devenir.
El tema de los antiguos mitos ha sido motivo especialmente atractivo para Alvaro Amengual, desde Icaro, la lucha de Jacob y el Angel, Leda, Noé, los expulsados del Paraíso. Algunos de estos personajes, latentes en la intencionalidad de su nueva propuesta, no figuran, sin embargo, en el planteo pictórico, elipsis voluntarias que magnifican su presencia, transferida al artista o al contemplador, en quienes asimismo se continentan el pasajero, Caronte, el Aqueronte y el Hades.
La iconografía de Amengual ha retornado una y otra vez al motivo del viaje, configurada en arcas, trenes, barcos (serie del Graff Spee), vuelos. Dice Unamuno que el fracaso en conocer el hacia dónde, crea el ansia de inmortalidad: "Quiero ser yo y, sin dejar de serlo, ser además los otros, adentrarme a la totalidad de las cosas visibles e invisibles, extenderme a lo ilimitado del espacio y prolongarme en lo inacabable del tiempo". La vida es, según Píndaro, "el sueño de una sombra". "La vida es sueño", dice Calderón y "estamos hechos de la madera de los sueños", según Shakespeare.
Viaje y sueño constituyen la visión de Amengual: barcas o arcas navegan sobre aguas cenagosas, estancadas en espacios absurdos, paisajes angulosos y violentos, símiles de ciudades lejanas. Aislamiento y luces entrecortadas como visiones fugaces desde una óptica en tránsito. Drásticas aceleraciones diagonales arrastran al contemplador hacia un punto distante, abandonando tras de sí formas realistas, sin embargo indefinibles, en tanto se vislumbran planos inferiores, similares a claraboyas que filtraran luces imposibles, como si la vida ocurriera invirtiendo la ortodoxia de luz arriba, oscuridad abajo. Destellos de fuegos se encienden fugaces, como resplandores vitales. Los cielos se desmoronan en lluvias fantasmagóricas sobre horizontes turbios, mientras los trenes acusan violentos cortes en el plano, desplazándose sobre estructuras endebles, suspendidas sobre precipicios, introduciéndose en lo ignoto como apariciones fugaces sin origen ni destino.
El clima de cataclismo cósmico es recurrente, así como las brumas y las luces siempre tamizadas, conformando un marco en que acciones de violencia desatada o contenida se despliegan en grandes espacios de soledades angustiantes.
Un extraño paisaje lluvioso, de un blanco mortecino y lívido, desarrolla el tema, también cíclico en el artista, de las sombrillas plegadas o desplegadas. Faltas de sentido por carencia de luz vital, las sombrillas se pliegan ubicadas en fuga gradual hacia el horizonte, dejando el protagonismo a la que ostenta dignidades patrióticas en primer plano: "Vientos del Sur" es el título que parafrasea a la canción homónima. No sería atinado otorgar a esta configuración una trascendencia local, si bien una primera observación así podría indicarlo, pues la obra se integra al espíritu mítico que absorbe lo particular en la esencia de lo universal.
Toda la propuesta oscila entre la angustia y la ironía de quien se mira, mira al mundo en su absurdo devenir y sublima su angustia en una visión mordaz, pero poética, de la insignificancia humana. Hágase especial hincapié en esa poesía, el uso de la metáfora y la búsqueda de una formulación rigurosa de estados de alma de origen irracional. Si bien los lineamientos formales tienden a la abstracción, los referentes a la realidad son mayoritarios y los paisajes son legibles en términos de indefiniciones oníricas, como mundos sugeridos para su reconocimiento o su reelaboración. Empastes y chorreados generan, junto al uso del negro contrastante con esporádicas zonas anémicamente iluminadas y toques de rojos llameantes, un panorama de desolación y deterioro en el que los viajantes discurren sin rumbo, absurdamente dinámicos o aletargados de sinsentido. La composición es ajustada y el dibujo, como es habitual en el artista, es de incuestionable solvencia, recalcando la importancia que en su concepción de la obra de arte revisten la formación y el oficio, atributos hoy considerados suntuarios, tanto como el talento, especie en peligro de extinción.
Álvaro Amengual, un artista trágico, pasible
de angustias que le autorizan a ironizar sobre sí mismo, desmitificando solemnidades
y recuperando mitos igualitarios, en una propuesta de alto nivel estético y
humana raigambre, con una reformulación de interrogantes que hacen a la contingencia
y remiten al silencio.
El absurdo también es una respuesta.
MARIA E. YUGUERO
Cada mirada
inaugura una realidad fresca en evocaciones afectivas; lo visual no se estanca
en la explicitación de lo visto. El árbol que ayer vi, es otro
y el mismo, porque yo soy otro y el mismo. Esta sensación de familiaridad
y ajenidad ante lo visto y lo que veo explicita lo dinámico de lo visual,
inscribiéndolo en el ámbito de lo filosófico, capaz de
que las imágenes estén habitadas por ideas.
Esta escisión entre visión y reflexión tal vez tenga su
ejemplo paradigmático en la crítica que se les hiciera y se les
hace a los pintores impresionistas, en cuanto a que sólo fueran una retina,
objeción que no sólo vino desde los detractores del impresionismo,
sino desde sus propias filas.
Un pintor tan afinado como Paul Cézanne reflexionaba respecto a su compañero
de ruta Claude Monet : "Monet es solamente un ojo ¡pero qué
ojo!". En esta contradictoria afirmación se mezclan la descalificación
y la admiración.
El espíritu de esta reflexión ha llegado hasta nuestros días
y seguimos afirmando nuestra admiración hacia el impresionismo, con la
rápida aclaración de que no comulgamos con la mera visualidad.
El terror a lo banal nos ha llevado al descreimiento de nuestro apetito visual.
Un espíritu monástico ha cegado nuestros ojos para evitar el pecado
del placer del mirar. La verdad está en un mas allá sin formas,
sin colores, sin distracciones para nuestro espíritu, que ha tomado el
nombre de razón.
El miedo a lo banal nos ha sumido en la banalidad; hemos despojado al arte de
todo elemento que se dirija a nuestros sentidos y nos hemos concentrado en el
enunciado de la idea. Hemos escapado del formalismo de lo visual y hemos caído
en el formalismo de lo conceptual.
¿Se puede afirmar que la película de Andy Warhol con cámara
fija enfocando una pared durante horas, sea más rica en significados
que las pinturas que Monet realizó a diferentes horas del día
sobre la Catedral de Ruán?. Me atrevería a afirmar que no, precisando
que la primera responde al tan ponderado binomio aridez-profundidad, mientras
que la segunda apela, además de a nuestro intelecto, a la fineza de nuestros
sentidos. Esta concesión al disfrute de lo visual es inadmisible para
los inquisidores de la mirada. En su hoguera de leña verde un fuego anémico
agoniza desde hace años, en el intento de quemar a la pintura y a los
pintores. Sin embargo su ira arde mas que su fuego.
ÁLVARO AMENGUAL
"Apología de la Mirada" - Mayo de 2001