sala de arte "Carlos Federico Sáez"
 
  • Texto curaturial
  • Carlos Caffera

         Mi formación artística tiene comienzo en la labor cerámica en el Taller de Artesanos con Marco López Lomba en 1955. Motivado por esa actividad continúo luego en mi taller haciendo cacharros modelados y orfebrería. En 1967 viajo a París para emprender estudios de Antropología Cultural con C. Lévi Strauss y A. Leroi Gourhan en la Sorbonne. Al regreso ejerzo la docencia de cerámica en el Instituto San Francisco de Asís y preparo notas de arte para la revista Noticias, el diario La Hora y el Semanario Z. Desde 1983 integro la sección local de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, siendo nombrado jurado en varias ocasiones. Como asesor de arte, de 1989 en adelante, colaboro en Galería Montevideo de A. Quesada, y en 1992 soy designado profesor de cerámica por el Ministerio de Educación y Cultura en diversos departamentos. Luego por concurso mantengo el cargo, y actualmente soy docente de teoría y análisis de arte en la formación de profesorado de artes plásticas del interior. He recibido varios premios nacionales por mis trabajos, participado en treinta exhibiciones colectivas y realizado cuatro muestras personales.

    Texto curaturial

    "La vida real de un pensamiento dura sólo hassta que llega al punto límite de las palabras"
    Schopenhauer

          Bajo el signo de la palabra como célula miliar de la comunicación o de su ineficacia en tal sentido, se han construido y destruido culturas. Este signo llevado al plano de la escritura, más allá de ruidos y entropías, ha permitido la trascendencia del tiempo y el espacio a otras visiones del mundo (weltanschauung), a otros discursos. Unamuno habla del ansia de inmortalidad como inmanente a la naturaleza humana, siendo la creación del libro una de las formas de aspiración a lo imperecedero. El libro es texto, mensaje escrito con expectativa de permanencia. Su imagen se lexicaliza como fuente de lectura, de información siempre parcializada por la mano que la genera, sin perjuicio del contenido explícito del volumen.
         El libro de artista posee un lenguaje propio, aunque generado en el formato del libro convencional, compartiendo caracteres con su predecesor, con un objetivo final (asequible o no): la comunicación. Se trata de un objeto de arte cuya percepción será visual y táctil, de esencia escultórica, puesto que espacial y volumétrico. No es casual por parte de un artista la elección de este formato, pues no comprende sólo la idea de soporte, sino de sus connotaciones generadas en la legitimación del signo: mensaje textual a ser leído en código tipográfico o plástico en el caso que nos ocupa. En ambas instancias la lectura tendrá un desarrollo temporal, secuencial en el planteo - por oposición a la imagen estática sobre el plano y de percepción global prima facie- y eventualmente en la narración.
         Si bien en términos generales el libro convencional se atiene a una lectura normalizada de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, una página y subsiguientes por orden numérico, estas pautas suelen a veces violentarse, como en el caso de la novela "Rayuela" de Cortázar, aunque no es lo usual. El libro de artista es una obra en sentido holístico, pero se multiplica en su propio seno en una panoplia de obras legibles de manera secuencial o independiente. Material intrínsecamente sensible, no narrativo senso strictu, es la unión indisoluble de forma y contenido, más enfática que en otros lenguajes, dada la carga emblemática del objeto. En tal sentido, se evidencian los rasgos comunes con una novela como "Rayuela", pues en ambas suertes de libro se encuentra el texto dentro del texto: con fragmentos o elementos de una narración secuencial se constituye otra narración oculta a la primera lectura global y perceptible en segunda instancia. Asimismo ambos libros, en términos generales, presentan una continuidad estilística en la medida en que las obras son concebidas con una paternidad artística; sin embargo, el libro de artista es una creación unitaria del principio al fin, hasta en sus más nimios detalles, en tanto el libro convencional, como objeto, es producto una labor ajena al texto en sí, definida en ritmo, diseño de formato, tapa y texto que sean agradables a la percepción, cómodos a la lectura y manuables desde el punto de vista físico.
         No es ocioso destacar la existencia de casos en que el libro destinado a la lectura textual se transforma por obra y gracia de su iluminador en una obra de arte de belleza singular, como es el caso de los libros de Beato españoles ( ss. X al XIII), creaciones pictóricas únicas, devenidas de ese modo obras artísticas suspendidas en un espacio ambiguo, situado entre ambos conceptos de libro.
         El caso específico de los libros de artista de Carlos Caffera es una ejemplificación paradigmática poco frecuente por estos tiempos: su obra es imagen de sus inquietudes personales. Hermeneuta de la obra de arte y de su capacidad de trascender el carácter esquivo de las palabras, Caffera es un hombre contemplativo en constante reflexión sobre la capacidad comunicadora del signo y su ambigüedad. Al respecto, ha sido su objetivo primordial el discurrir sobre la instancia -y su factibilidad- de develación de la verdad, la aletheia platónica, instante epifánico colindante con la revelación mística, en que la obra se abriría a la percepción profunda y emotiva del contemplador.
         La palabra escrita es texto. La imagen plástica es texto. El libro de artista es texto sujeto a exégesis y es el formato más conveniente a la formulación de la propuesta de este artista. Obra emblemática en varios aspectos, se resuelve en poética metáfora, espíritu fino y formalidad sutil, representando la concepción del arte de Caffera, cuyos libros son síntesis depuradas de accesorios, ascesis circunscripta a lo esencial. "La sencillez, como forma decantada del gusto, es una esencia. Es la condensación de un proceso de síntesis lento, consciente y laborioso. La sencillez, para que importe, debe ser estilo. Y el estilo sólo se forma cuando pulimos nuestra personalidad y aprendemos a renunciar". (Guillermo Roux) Planteos desarrollados sobre la idea enfatizada de la develación parcial del objeto, instando al contemplador a abrir pliegos sucesivos hasta el hallazgo de la imagen central, a la manera de sucesivos telones de boca en un teatro, que deberán plegarse en secuencia hasta la aparición de una escena. La verdad permanece velada y sólo se vislumbra a través de transparencias, pero a la postre, el objeto es inasible; no es viable su aprehensión real, sólo es factible un acceso incompleto a su conocimiento. Sin embargo, el instante de comunión sensible, de intuición del objeto de arte, trasciende la razón y comunica con lo inconmensurable.
         La construcción hoja a hoja de sus libros y la delicadeza de los planteos estructurados con diminutas varillas de madera, cerámica, hilos de papel, lanas, cuerdas, entonados en forma básica y dispuestos en ritmos simples, libera a las imágenes del peso riguroso de la geometría, generando climas intimistas similares a los que se experimentan al hojear viejos misales o breviarios entre cuyas hojas se descubren flores secas, antiguas esquelas o un marcador dorado que indiscretamente acusa una instancia de lectura de alguien que ya no está. Cada página, cada hoja en estos libros evita los términos drásticos, el corte incisivo o la estridencia, dimanando un aura de calidez, que complementa la elección del blanco y el crudo como línea de continuidad en el color de las páginas, y la diversidad de texturas con las que cada material primario está presentado: madera, cerámica, papel artesanal, tela, cuero. Queda librada al contemplador la fruición de composiciones en apariencia abstractas, pero sugerentes de pequeños paisajes, lejanas arquitecturas, mares calmos y distancias temporales. Diríase que un cierto perfume a nostalgia nimba a estos libros en los que la presencia humana es formalmente fugaz, pero insistente en su latencia, quizá a causa de constituirse en portavoces del pensamiento conclusivo de su autor: el hombre es un ser destinado a buscar infructuosamente significados.
         "Las construcciones del hombre" titula el artista a uno de sus libros. El hombre construye culturas. "Al leer, a menudo muchos se engañan", comenta en otro. Ficciones de construcción, ficciones de conocimiento. Caffera es un escéptico en cuanto a la posibilidad de acceder a la verdad; tal vez sólo a un dios omnisciente compete el conocimiento, pero si ese dios es el bien y la belleza, a la manera platónica, tal vez en uso de sus atributos ha regalado al hombre la facultad de entrever esas chispas de lo absoluto a través de la develación de la obra de arte, como una forma de comunión instantánea con lo inefable.

    MARIA E. YUGUERO

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