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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Diego de los Campos
La fuerte incidencia de la ética y de la moral cristiana en el arte ha difundido visiones escépticas o apocalípticas de la naturaleza humana, como corporeizaciones de realidades invisibles. Buenos ejemplos serían los hombres lobos de hombres, las lenguas viperinas, las miradas de zorra, las aves de rapiña, la mordida de león y tantas otras imágenes metafóricas que produjeron caricaturas zoomórficas, hipérboles de deformidades afloradas del alma, si bien dentro del campo de la caricatura ha sido más usual la configuración de rasgos exagerados o el estereotipo adjetivado de atributos. En ambos casos el objetivo suele ser la sonrisa del espectador como respuesta a la deformidad acompañada de un guiño de complicidad, con ilustres excepciones en los libros medievales tabelarios, bestiarios, de beato o de horas, entre otros íconos de carácter religioso ejemplarizante. Asimismo, émulas del mundo onírico, las formas artísticas acríticas representativas del inconsciente no hablan desde el lugar de la moraleja sino desde lo afectivo, como expresión de lo irreprimible pesadillesco o de lo surrealista sustentado por el principio de la escritura automática: la imagen como una confusa descripción de lo soñado o como un acto fallido.
La iconografía registra gran profusión de monstruos mitológicos, oníricos, religiosos y de muchas otras deformidades, en ocasiones ilustraciones de la realidad, propias de la casuística, pero con esta salvedad, toda manifestación teratológica del imaginario universal se manifiesta como un desdoblamiento, contracara o reverso de la apariencia humana, especialmente visible en el rostro, donde se cree concentrada la expresión fehaciente de las anomalías morales. Quizá sea éste el sentido de la galería de esperpentos de Diego de los Campos: tal una serie de fotos de carnet en un álbum, en ocasiones instantáneas, en otras de poses largamente premeditadas. Rostros frontales, plantados con naturalidad, indiferentes a su propio drama, abstraídos en su obscena exhibición, violentos, absurdos, animalizados, despedazados o deformes, siempre hipertróficos, no sufren, simplemente son así y aunque desinhibidas, asumen una actitud de repliegue circunspecto, ocultando sus miradas.
Claro que el distanciamiento tomado por el artista respecto de sus personajes puede deberse a un toque humorístico, humor negro que rehúye el espíritu trascendente de la moraleja. El objeto de sus mofas parece apuntar a sus personajes estableciendo así un vínculo bilateral, sin embargo, varios elementos en "los retratos" podrían indicar que tras los rostros desordenados, distorsionados, contorsionados, trepanados o perforados de los personajes, están los de quienes los miramos con aire burlón. Se evidencia un especial esmero en contextualizar a cada individuo con detalles de sexo, indumentaria, clase social y hasta actividad laboral como si de hombres con señas particulares se tratara: una actitud no sólo física, sino reflejo de una postura vital.
El grotesco es la característica más saliente de estas imágenes fragmentadas por pseudo-estallidos, arrastradas por un aparente impulso que las reduce a jirones en los que se reconocen pelos (¿cejas?, ¿pestañas?, ¿barbas?, ¿bigotes?), bocas dentadas en actitud agresiva - como ecos de figuras baconianas- o ausencia de ellas, símiles de ojos o ausencia de ellos, entre otras referencias a rasgos faciales. Excrecencias globosas, tumoraciones, huecos ("El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza" diría Machado), corredores o pasajes abiertos como calles, aberturas como ventanucos en caras-casas, ranuras como tajos u orificios en una alcancía. Se diría un espectáculo perverso contemplado a través de anteojos distorsionantes o capaces de alcanzar la visión prohibida de realidades paralelas: oscilación entre registros de lo deforme e improvisaciones de lo informe.
No es quizá la expresión "improvisaciones de lo informe" la más apropiada, puesto que de hecho toda esta serie de dibujos es una apología de la forma, del trazo firme pero apasionado de un excelente gráfico. Factura vertiginosa y resolución expresionista basadas en oficio solvente. Retratos como excusas de un ejercicio talentoso de la línea negra agitada, impetuosa, desbordada, arremolinada, de itinerario en apariencia contradictorio. Por zonas afloran sutilezas y valorizaciones, pero la línea protagónica parece trazada con rabia a impulsos temperamentales, desbordes incontrolados de energía avanzando en onda expansiva, que la pura experiencia y la intuición sensible amaestran y acotan.
De los Campos es pintor, muralista, escultor, músico experimental - como lo prueba la banda de sonidos que acompaña a esta muestra - pero la línea es la forma más espontánea de su ser artista y reclama en su resolución formal una fuerte filiación a la estética del comic, aun enfatizada por signos propios de este lenguaje destinados a indicar movimiento, velocidad, explosión, etc. Una labor dibujística desempeñada con evidente placer justificado en su profusión y solazada en texturas, gestualidades, llenos y vacíos en el espacio ordenado en forma horizontal o vertical, sugerencias de sombras, dinamismos localizados que contradicen el aparente e impasible estatismo de los íconos.
En suma, una propuesta en la que el espíritu trágico, la ironía, el humor se amalgaman y si bien un afán clasificatorio haría suponer que su intención sea irónica, su imagen, humorística y su contracara, trágica, en última instancia y considerando la titánica producción de "retratos" de Diego de los Campos, mucho más prolífica que la exhibida en esta oportunidad, probablemente se trate de un cuestionamiento ausente en una muestra hipertrófica de este notable gráfico.
MARIA E. YUGUERO