sala de arte "Carlos Federico Sáez"

Texto curaturial

Juan Carlos García

1976 - Nace en San Carlos, departamento de Maldonado.

Cursa Primaria y secundario completo en la misma ciudad
Paralelo a estudios liceales comienza Inglés en el Instituto Dickens.
1994- Primer acercamiento al arte con la apertura de taller Estesur a cargo de José Estagnaro
1996 - Se traslada a Montevideo donde monta su taller, estudia y trabaja hasta 1999.
1999-Vive en balneario Manantiales comienza a trabajar con desechos recolectados en la playa.
2000-Su primer muestra individual en el Instituto Goethe de Montevideo bajo la curatoria de Alfredo Torres.
2001-Nuevo traslado, ahora a un pequeño pueblito en la campaña donde vive actualmente.
Continua reciclando desechos para sus obras.
2006- Muestra colectiva de Escultura en Sala Federico Sáez.
2007- Primer premio Salón "A la obra y a la trayectoria" Intendencia Municipal de Maldonado.

Texto curaturial

           Esa paradójica, siempre sola y no obstante gregaria criatura humana está emplazada en el mundo, naturalmente su opuesto, situación identificada en la fórmula yo versus el mundo. Un individuo indefenso frente a un no-yo absolutamente desconocido, imprevisible y hostil. Como animal sujeto a pautas inherentes a su naturaleza teme e intenta recursos defensivos, en general pobres e ineficaces, para hacer frente a las agresiones de que es objeto, más complejas que para el resto de la escala zoológica pues no sólo revisten un carácter natural, de respuesta instintiva, sino que se extienden a otros planos exclusivos del único animal sabedor de su muerte. El miedo llega a ser acuciante aun sin existencia de causa aparente, obrando como un impulso paranoico irrefrenable, suerte de autoconciencia exacerbada de una inmanente fragilidad.
          Los métodos de protección, de cara a esta realidad visible o imponderable, obran como corazas permanentes, suerte de segunda piel cuya incorporación a permanencia concluye en una ambigua e inconsciente segunda esencia. A la postre esta potencial víctima de "el otro" vagamente concebido está imposibilitada de distinguir su propio yo del conformado por autodefensa: es ya generalizado el conocimiento de la ecuación persona = máscara y sus evidentes connotaciones. Ser y parecer fundidos hasta la identificación es la forma más representativa y constante de la flaqueza humana: "Todos ven lo que aparentas, pocos ven lo que eres" ( Maquiavelo).
          La armadura, como objeto físico concebido para protección de los combatientes en todas las culturas, desde el Antiguo Egipto hasta su declinación en la Europa del s. XVII, ha revestido diversas apariencias, partiendo de múltiples premisas como respuesta a los potenciales enemigos y sus particulares sistemas de combate. Con un arquetipo fijado en el Medioevo y con especial énfasis en la defensa de la zona pectoral, inclusiva de cota de malla, cuello y peto, la armadura, símbolo de una actividad masculina dignificada y ennoblecida, ha sido objeto de ornamentos y portadora de emblemas heráldicos. En su doble valor objetual y simbólico la coraza ha sobreentendido un permanente estado de alerta, una actitud defensiva presuponiendo la existencia de enemigos tácitos o explícitos.
          Sin duda el objeto real, de uso pretérito y desuso condicionado por el advenimiento de las armas de fuego, fue campo de búsquedas estéticas que trascendieron la conformación estrictamente funcional. Este hecho fue en especial notorio de acuerdo a la valorización que de la figura del guerrero hicieron las diferentes culturas, hasta el surgimiento emblemático del caballero medieval y su entrega a valores tan nobles como Dios, el Rey y la Dama. Si bien el uso del metal en mayor o menor grado fue común a la casi totalidad de las versiones, en esta última instancia el acero fue el material exclusivo para la construcción de las lorigas. Como aditamento, una aspiración a la belleza quizá símbolo de la elevada y sacra misión del caballero, en especial el cruzado, a través de una concepción escultórica del objeto y una ornamentación acorde a la misión de su portador.
          Inserto en una distante actualidad local, Juan Carlos García, joven escultor cuya sensibilidad encuentra en el hierro su más dócil medio expresivo, se ha visto cautivado por la magia que estas armaduras emanan desde un pasado aguerrido, nimbado por un aura de leyenda y por una dignidad de la que parece carecer sin lamentarlo la época contemporánea. Sin embargo, como individuo observador de una sociedad que sólo repara en la apariencia, otorga a estos objetos el valor agregado del encubrimiento en camuflaje de la frágil autenticidad, la inextricable realidad travestida por el amparo del ocultamiento. Este artista, creador de obras de porte monumental, ha concebido una serie de seis esculturas que marcan una nueva instancia en su producción, dado el carácter estrictamente formal de sus obras anteriores y su actual referencia a la realidad, orientada hacia impresiones y reflexiones concluidas a partir de la observación de armaduras, en su proyección histórico-estética. Suerte de Hefaistos en su divina tarea de forjar el escudo de Aquiles, él ha construido estas corazas en las que su lenguaje expresivo continúa siendo vigoroso y su materia el hierro, pero su estética se ha desplazado desde el rescate del deterioro temporal sobre el metal y la madera, hacia la incidencia y modificación de las formas originarias para configurar poderosas corazas férreas unificadas en forma intrínseca. Esta aproximación a la figuración exige del artista el uso de técnicas ya utilizadas y la incorporación de soldadura y pintura. Si su obra anterior planteaba la domesticación de los materiales manteniendo su integridad física, esta propuesta actúa sobre las partes y las condiciona para el logro del diseño final. El vigoroso músico orquestador incursiona en la composición.
          Materia prima: chatarra. Su fuente de recursos continúa siendo el desecho industrial, enriquecido por la aplicación de fibras (tules, arpilleras) y pintura. Los elementos se distribuyen con tendencia simétrica sobre la coraza para remarcar pectorales y otros antropomorfismos. Caños, chapas, mechas, resortes, varillas, diseñan grandes zonas delimitadas a partir de puntos centrales de distribución: huecos, arandelas son ejes alrededor de los cuales se ordenan las composiciones. La aplicación de telas visiblemente cosidas - probable evocación de cueros con ornamentos irradiantes - a manera de escudos signados por la cruz, confiere un tenor emblemático a la obra, tanto como el tratamiento de la zona superior y los lados inferiores, a los que se ha superpuesto una capa de tul y cubierto de pintura asfáltica negra, parece imponer algo tácitamente siniestro a su lectura. Si sus obras abstractas alternaban la agitación y la calma, su serie de armaduras tiende a una dominante quietud, con pocos elementos dinámicos y el todo tendente a un inquietante silencio y a una muda simetría.
          En general la ornamentación se orienta hacia el centro de las esculturas mediante utilización de líneas curvas enfáticamente destacadas - símiles quizá de vísceras - o mediante ordenación y secuencia de pequeñas placas ortogonales. Se evidencia la intención intimidante en el emplazamiento de grandes bloques de metal en los contornos desde los que sólo el centro condensa los detalles expresamente ornamentales, si bien todo el diseño responde a una concepción estética de conjunto. El resultado plástico de las texturas - variadas de lo regular a lo irregular y de lo terso a lo rugoso - complementarias y contradictorias es rico, sensorialmente deleitable. Coherente con su propuesta icónica, García uniformiza conceptualmente la variedad de sus materiales mediante la aplicación de pintura acerada a cuya resultancia las armaduras cobran coherencia interna y se vinculan entre sí ennoblecidas por su aguerrida carga histórica. La pulida superficie se enfría, colocando entre sí y el espectador una distancia de despersonalización, situada a la altura de un señorío superior o de una hostilidad inefable.
          Corazas titánicas, rígidas, inhumanas, mecanizadas, atemporales. Guerreros o caballeros más arrogantes que dignos y más oscuros que puros portarían estas armaduras pesadas, blindadas, impenetrables: hombres seguros de la protección y aislamiento de su persona -máscara, su ser auténtico. El individuo social es el natural portador de corazas defensivas de las que esta serie es sólo un símbolo. Su vida pública transcurre entre amenazas latentes de sus congéneres, acorazados frente a la amenaza tácita que significa su propia armadura: una compleja si no imposible comunicación. Armaduras intangibles pero inexpugnables, adheridas a la piel de cada sujeto concluyen internalizadas, no ya en sustitución de su natural, sino incorporadas en solución empática al punto de empujar al individuo al cuestionamiento de su propia identidad. Un quién es quién sin respuesta posible, conflicto irresoluble para cada integrante de las sociedades diversas, obligado a propiciar su inserción social mediante creación de salvaguardias intangibles con un costo personal imponderable.
          Armaduras para caballeros medievales recreadas en armaduras para el hombre contemporáneo, visiones del miedo, concreciones de la prepotencia, ficciones de la ficción cotidiana, encubridora de la indefensión. Juan Carlos García construye estas bellas e imponentes defensas para ese frágil impostor ignorante de sí mismo, cuya agitada existencia de mediocre individuo moderno lo preserva de la cruel percepción de su propia imagen corriendo estremecida hacia ninguna parte.

MARIA E. YUGUERO

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