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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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FOTOS DE
OBRAS DE LA MUESTRA "ESTAMPA DE GRABADORES"
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Gladys
Afamado
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Walter
Aiello
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Claudia
Anselmi
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Enrique
Badaró
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Beatriz
Battione
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Pablo
Corradi
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Gerardo
Farber
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Oscar
Ferrando
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Domingo
Ferreira
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Rodrigo
Fló
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Edgardo
Flores
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Eduardo
Fornasari
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Leonilda
González
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Anhelo
Hernández
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Marcelo
Legrand
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Vladimir
Muhvich
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Pedro
Peralta
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Hernán
Rodríguez
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Nelbia
Romero
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Ruisdael
Suárez
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Alejandro
Turell
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Renzo
Vayra
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Texto
curaturial
La impresión xilográfica para estampación de telas fue de uso corriente en la más remota antigüedad en Oriente, cuna de la civilización, desarrollada, refinada y exquisita en tiempos en que Europa era asiento de tribus bárbaras. Con la decadencia del orden feudal en Occidente y el rápido crecimiento de una vocación por el arte popular en la clase media, se produce una entusiasta circulación de textiles impresos, estampas piadosas y cartas de juego, en una variada aplicación de la técnica xilográfica, de herencia oriental. De 1370 data el grabado "El centurión y dos soldados", el más antiguo conocido y de 1423 un "San Cristóbal", destinado sin duda a cumplir una función protectora y talismánica, como resabio de ritos paganos que por ese tiempo arrastraba Occidente y, de hecho, aún practica en forma encubierta.
Los libros tabelarios, producto integral de la talla xilográfica de texto e imágenes con fines religiosos, significaron un importante progreso en relación al copiado manual de libros de horas y de miniaturas de encargo aristocrático, pero no es sino después del invento de la imprenta de tipos móviles de hierro, a mediados del s. XV, que el grabado, enriquecido en sus posibilidades con el desarrollo de la calcografía (chalcos= cobre, bronce y graphé= escritura) se aleja del libro y busca autonomía como lenguaje per se. Su carácter popular, basado en la multiplicación de una imagen que muchos poseedores disfrutarán en paridad de condiciones, con el consiguiente cuestionamiento de la pérdida del aura, dificultó el reconocimiento de su prosapia egregia, tácita en el caso de la pintura, la escultura o, en muy inferior proporción, el dibujo, su también estigmatizado pariente más próximo. Hokusai, artista japonés que junto a Utamaro y Sharaku alcanzó en el s. XVIII un increíble refinamiento en el arte del grabado, llegado a edad avanzada firmaba sus grabados: "Viejo loco por el dibujo". La historia del arte puede citar asociados al lenguaje del grabado a los más grandes nombres de sus creadores, aun salvando la incidencia, en cuanto a su capacidad multiplicadora, de la fotografía en el s. XIX, la fotomecánica en el s. XX y las técnicas digitales en la última década.
En Uruguay el aprendizaje, el perfeccionamiento y la fruición del dibujo han sido inquietud si no constante, al menos frecuente en sus creadores hasta hace unos quince años, razón que en cierta forma podría justificar la tendencia de los artistas a incursionar en las técnicas del grabado. Los años 60´presenciaron una apoteosis de la gráfica en el fenómeno del dibujazo y en el rol protagónico del Club de Grabado, incuestionado referente nacional en la materia. Una década significante en el mundo occidental, en la que lo encubierto por razones de moral hipócrita, intereses creados o miedo irracional a la ruptura con un sistema estructurado en el s. XIX a partir del valor sagrado del dinero y del establishment, sufrió un proceso de develación, convirtiendo a todas las artes en vías de expresión del discurso. El mensaje fue entonces el elemento determinante, priorizado por sobre la calidad artística con el valor de un grito de liberación y de una convocatoria, formulados con la ingenuidad de un tiempo local aún confiado en el poder activo y transformador del arte, que en el primer mundo hacía ya años se deslizaba por los carriles espectaculares de los media. Esto, sin embargo, no fue óbice para la proliferación de destacados artistas gráficos. La siguiente década de forzoso silencio parece haber disuelto definitivamente ese mágico clima de viabilidad de las utopías, pese a lo cual los grabadores continuaron y aún hoy continúan nucleándose en torno a talleres particulares e institucionales, pero su técnica ya no identifica a un corte temporal o una estética como forma de pensamiento, sino que constituye una manera de expresión quasi romántica, que ha cedido gran parte de su espacio a la estampa digital, más cómoda, rápida, económica y aséptica, advenida en los años 90´.
Resulta especialmente interesante el fenómeno del devenir de los grabadores más representativos de los años 60´: en gran número abandonaron este lenguaje y no es sino en forma reciente que con diferentes objetivos han incursionado en técnicas digitales; sólo un puñado de ellos continúa una obstinada y eventualmente única práctica artesanal. Este extraño fenómeno del abandono, referido a artistas consumados o destacados en la materia, no tiene una explicación simple, en caso de haberla. Quizá el estímulo creador de una época murió en manos del desestímulo de un tiempo subsiguiente y la atomización de los valores obligó a los artistas a una toma de postura oscilante entre la persistencia, la readaptación o el renunciamiento. Con una muy diferente visión del mundo, la siguiente generación, surgida durante la dictadura y también inclinada hacia la gráfica como una suerte de sino de los artistas uruguayos, ha formado asimismo maestros grabadores en cuyo entorno se reúnen actualmente los jóvenes talentos, como entusiastas integrantes de una cofradía de iniciados, tal vez epígonos entre los cada vez más numerosos adeptos de todas las edades a las prácticas computarizadas.
Esta muestra, constituida como un muestrario de obras testimoniales de estéticas, tiempos, posturas de artistas en cuyas carreras el grabado ha ocupado un espacio relevante, tiene una tónica de nostalgia. Podría decirse que se trata de un homenaje a un arte que ha alcanzado y mantiene en Uruguay ribetes de excelencia, aunque el impulso de sus creadores quizá haya mermado. Aun así el número de grabadores de excelente nivel ya desaparecidos o radicados en el extranjero, aunados a los que el país conserva en actividad (o inactividad) es realmente elevado, por lo que el carácter de la exhibición debió acotarse al aquí y ahora. Como suele ocurrir aun en los casos en que mejor se intenta evitar omisiones, también en esta ocasión ocurren ausencias notorias, ajenas a una voluntad de exclusión. En cuanto a los expuestos, varios hacen acto de presencia con obras que datan de décadas atrás, siendo ésas sus más recientes producciones en la técnica artesanal, en tanto otros, con veteranía o con joven entusiasmo, continúan produciendo con la perseverancia de la convicción.
En suma, un muestreo y un homenaje a todos los uruguayos con reconocida estampa de grabadores, aun los ausentes.
MARIA E. YUGUERO