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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Carlos Larregui
El
modelado del barro se vincula naturalmente a la integración de las primitivas
sociedades gregarias de tipo arcaico, piedra liminar de antiguas culturas. De
humilde prosapia y noble devenir, se constituyó en materia prima para
la confección de objetos utilitarios que significaron asimismo expresiones
de la creatividad artística, concebidas con criterio plástico.
Utensilios e ídolos en barro cocido hablan de individuos constituidos
en grupos, de culturas sedentarias temerosas de los elementos y veneradoras
de la vida y sus generatrices, pero asimismo son testimonio de refinados creadores.
La búsqueda escrupulosa de la forma, trascendiendo lo pedestre pragmático
para alcanzar niveles de refinamiento exquisito, convierte en fútil la
antigua discriminación entre arte y artesanía. Una tradición
conciliadora de intereses y expresiones oscilantes entre el pragmatismo a ultranza
y la aspiración a lo estrictamente estético - con gradaciones
conceptuales intermedias - otorga a esta técnica una gama amplísima
de aplicaciones y consecuentes desigualdades cualitativas.
Modelada a mano o en torno, la arcilla posee la nobleza propia de lo natural,
la calidez de la tierra siempre presentida como origen y la familiaridad de
la infancia, lo cual a la postre ha tendido a colocar sus objetos en el terreno
de la antropología o en el de la artesanía de legado indígena.
La tierra como Gran Madre y el Sol como fecundador son elementos primordiales,
origen de la vida y objeto de adoración desde que el hombre comenzó
a serlo. Conjunción de femenino y masculino, pasivo y activo concluyentes
en un tercer elemento previamente inexistente celebran la generación
como prolongación de la especie. Desde la remota antigüedad el inconsciente
colectivo ha consolidado los arquetipos de ambos elementos, tendentes a la esfera
y a la pirámide respectivamente, desde las Venus paleolíticas
a las formas columnares, signos de fertilidad y de fecundación asociados
a las líneas horizontales y a las verticales a manera de estilización.
Reverenciando al misterio de la vida e indiferente a denominaciones o diferencias
conceptuales, CARLOS LARREGUI toma distancia de bizantinismos y simplemente
crea desarrollando su hacer escultórico a partir de conceptos que se
retrotraen a la cuna de las culturas: la cosmogonía como materia de objetos
simbólicos, simplificaciones modeladas sobre la materia mítica.
Por supuesto que la razón del principio es inquietud naturalmente humana,
tanto como el fin, pero la forma de conocimiento proveniente de la contemplación
del arte es tan excepcional como la expresión metafórica de la
poesía de los objetos. La vida y sus generatrices son en suma la justificación
de las esculturas de este artista que desecha designaciones, pero concibe sus
obras con exquisito rigor estético.
Cada esfera o volumen análogo son seccionados para evidenciar la inserción
de otras esferas, en conjunto de tersa superficie cuidadosamente pulida en cuyo
centro se descubre una rica textura, como la develación de una compleja
verdad oculta en el interior de la realidad cotidiana. El afilado corte divisorio
en hemisferios o simplemente las escisiones en diferentes ángulos cuyos
fragmentos se constituyen en volúmenes complementarios, son presentados
como elementos necesarios a la lectura de una totalidad. Estas esferas o formas
globosas semejantes a frutos ubérrimos varían sobre sí
mismas mediante hoquedades, perforaciones verticales o sesgadas, aberturas en
franjas de comunicación entre los planos, escisiones siempre epifánicas.
Los interiores, émulos de semillas mantienen su integridad conformados
de elementos ríspidos semejantes entre sí, como individuos integrantes
de una especie. Algunas piezas - eventualmente ascendentes en cúpula,
forma híbrida entre religiosa y vegetal - se definen más claramente
como genitales femeninos contenidos en la intimidad de las esferas seccionadas,
pletóricas granadas nutridas de innúmeras semillas, maduras formas
de la fertilidad. Una de las esculturas, imagen del eje cósmico fijado
en el ombligo de la Tierra, compendia masculino y femenino en fusión
proyectada hacia lo perdurable. El formato circular se mantiene en ocasiones
aplanado en platos ornamentados con orgánicas guardas abstractas o con
estilizaciones de ramas de árboles, de cuyo centro surgen diminutas formas
vegetales, fecundos frutos o semillas nacidos del árbol, símbolo
él mismo del ciclo estacional de la muerte y el retorno a la vida.
Paralelamente al desarrollo de las piezas de definición curva, una serie
de obras de prioridad ortogonal concebidas con criterio arquitectónico,
suerte de maquetas de antiguas construcciones, completan la idea de homenaje
a la vida. Esculturas ascendentes, signo de verticalidad fálica de reminiscencias
bíblicas o paganas: torres de Babel, obeliscos, mastabas, pirámides
albergadas en el seno de baptisterios se asocian naturalmente a los motivos
que guiaron a los pueblos antiguos a construirlos: la celebración del
Sol o de Dios, ambos dadores de vida. Una torre cuyo plano inclinado asciende
en espirales hacia las alturas parece surgida del cascarón roto de un
huevo, quizá el primordial, quizá simplemente un símbolo
de la vida abriéndose paso desde el impulso creativo. Manteniendo su
perspectiva místico religiosa una de estas obras conforma un espacio
ritual en que tres de sus piezas rodean a la central émula de altar de
sacrificio propiciatorio de la fertilidad, signo del proceso cíclico
renovador trascendiendo a la muerte, obra inspirada quizá en Stonehenge.
Las esculturas de Carlos Larregui son una sofisticada expresión de la
polaridad prfimaria del cosmos, formas elementales disueltas en un espíritu
colectivo tan antiguo como el hombre. Estilizaciones de elementos sacros o profanos,
estas piezas de fino modelado y escasas variantes tonales trascienden su densa
carga significante mediante recursos plásticos rigurosamente elaborados
en contraste entre lo liso y lo rugoso, lo bruñido y lo rústico,
lo orgánico femenino y lo ortogonal masculino, cuyos ritmos internos
producen enfáticos impulsos ascendentes o conmociones flameantes asociadas
con ambos géneros. Estética depurada, vigilante del detalle y
amorosamente refinada, la muestra se comporta como una idea diversificada en
múltiples íconos coherentes entre sí, incursionando con
veneración en un terreno tan atávico como el nacimiento de un
mito.
MARIA
E. YUGUERO