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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Virginia Martegani
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Rescatar lo más primitivo de los sentimientos humanos.
Para dónde miramos, qué miramos, qué somos, qué sentimos en lo más profundo de nuestro ser. Para dónde caminamos, a dónde nos conducimos, ¿queremos caminar para algún lugar específico?, ¿dónde estamos parados, quiénes somos?. Preguntas, todas estas, que nos hemos hecho desde el comienzo, desde el génesis. Las respuestas parecen ser siempre las mismas, somos los mismos, a pesar de la historia. |
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Sus obras se encuentran en la "Galería Manzione", "Galería Matríz", y en el exterior: Francia, Alemania e Italia.
Nada más inherente al hombre, como ser pensante insertado en un mundo desconocido y hostil - pero agente de transformación desde el logos-, que las interrogantes. Puesto que las respuestas sólo podrán acceder a la categoría de opiniones más o menos fundamentadas, cada individuo hablará desde sí, desde su intuición o desde su reflexión, sin poder evitar una óptica esencial, espacio-temporal, cultural o de género.
Si estos cuestionamientos han sido materia fundamental de la filosofía, no han estado ausentes de la expresión artística universal, puesto que cualquier manifestación cultural es de hecho una forma de ver al mundo. Virginia Martegani toma distancia de su objetivo, lo observa en perspectiva y luego se adentra en sí misma, sondeando en sus propias entropías para proponer posibles respuestas, tal vez sólo metáforas de las mismas preguntas. Su perspectiva plantea un punto de mira vivencial, emotivo y dirigido al eterno vínculo masculino-femenino, profundas semejanzas, conciliables diferencias y soledades esenciales. Si el otro es siempre una barrera de difícil franqueo, un universo incognoscible, e implica invariablemente un esfuerzo de acceso, el sí-mismo no lo es menos. Un proyecto que intenta rescatar "lo primitivo", el rasero igualitario que anula a la historia, al desplazamiento espacio-temporal, convirtiéndose en una visión orientada hacia el inconsciente colectivo.
Los rostros representados por Martegani son impasibles, pero su hermetismo es vulnerado mediante superposición de imágenes fragmentadas y compartimentadas, recursos pictóricos y matéricos con valor de expresiones internas, confesiones personales involuntariamente puestas en evidencia. Este rol activo de la autora juega a la develación de pensamientos y sentimientos de personajes anónimos que no son sino los suyos propios, experimentados con las flagrantes contradicciones que aquejan a todo individuo social. Martegani, cuyos planteos se desarrollan a un doble nivel, el yo racional y el otro-sí-mismo intuitivo, establece una aparente contradicción entre "el mundo de los sueños y el mundo real", oposición ficticia en cuanto al ser holístico y desconocido que somos.
Rostros de miradas indefinibles, veladas o distantes son sometidos a un primer plano a la manera fílmica de enfoque psicológico. El collage, aplicado con superposición de zonas empastadas, implica algo más que un tratamiento estético de la superficie bidimensional: es el elemento comunicador de estados emotivos, de afectividades ocultas. El plano, tratado en su mayor parte en tonos oscuros, se engrosa por sectores opacándose, obrando en forma paradójica como una barrera iluminada, indicadora de una realidad arcana puesta a la luz. Estas zonas protagónicas se emplazan sobre superficies evanescentes de las que emergen tonalidades rojas, amarillas, azules, rosas y transparencias sobre las que se deslizan lentos y lánguidos chorreados. Los pensamientos o sentimientos masculinos y femeninos, ubicados como clípeos ortogonales sobre la zona superior de los rostros, comparten elementos conceptuales vinculados a la religión, la muerte, el amor, el sexo, la infancia, si bien el mundo femenino parece desarrollarse bajo una óptica más emotiva, instalando a la imagen masculina como el pilar de una gran construcción emergida de su universo afectivo.
El planteo compartimentado es el lugar común en toda la propuesta: la fragmentación como clave de lectura de un ensayo sobre la esencialidad de los géneros. Si las monumentales cabezas icónicas se asemejan a primeros planos de una filmación, diríase que sus cuadrículas son suerte de fotogramas: secuencias sensibles, mnemónicas o reflexivas representando a seres humanos rotos en sus partes esenciales. Pequeñas series implantadas en la zona izquierda del rostro femenino (que deviene la derecha del personaje), con sus pertinentes connotaciones inconscientes, pero sobre la boca del masculino, elemento asociado a la palabra y, por ende, al logos. La imagen femenina, desdoblada en espejo, encuentra su eco en guarismos que asimismo se espejan con implicancias quizá numerológicas, quizá sólo personales. Un cuestionamiento identitario, pero silencioso, íntimo.
La muestra, planteada físicamente como un enfrentamiento o un cotejo de géneros, avanza hacia una resolución de confluencias o de disolución de las oposiciones en la fusión, dialéctica elemental que remite al primitivismo y a la síntesis esencial y trascendente. El punto de mira de Virginia Martegani, perspectivando inmanencias deducidas o intuidas, es de hecho una profesión de fe en la superación de los opuestos, en la afectividad como única posible instancia de compartibilidad vital, ya que no de completa compatibilidad. Lo primitivo original en proceso alquímico hacia un "solve et coagula" de la materia y el espíritu.
MARIA E. YUGUERO