sala de arte "Carlos Federico Sáez"
 
  • Texto curaturial
  • Federico Murro

    1980 - Nace en Montevideo el 10 de agosto

    Estudios:

    En 1994 ingresó al taller de caricaturas e historietas de Tunda y Ombú, donde trabajó cerca de cinco años realizando algunas
    exposiciones grupales y participando en algunas publicaciones. Desde el año 2003 dicta clases en dicho taller.
    Trabaja desde el año 2001 como dibujante y animador en el programa "La mano que Mira" y desde el año 2002 como ilustrador en la revista "Guambia".
    En el año 2002 obtiene el primer premio en el concurso de caricaturas, historietas y humor gráfico, organizado por la fundación "Lolita Rubial" de la ciudad de Minas.
    En el año 2004 y aún no siendo egresado, culminó los cursos de profesorado de dibujo en el Instituto de Profesores Artigas.
    Participó en el año 2007 en una muestra colectiva de caricaturas en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas con motivo del día del patrimonio.
    Desarrolla desde hace unos años en forma paralela una serie de trabajos que giran en torno a una actividad más cercana a la plástica.

    Texto curaturial

        Un interesante ángulo de abordaje estético de la figura humana es la reflexión sobre la iconografía del retrato y sus elementos plásticos constitutivos. Si bien en el campo del arte toda imagen tiene igual valor, entendida en primera instancia como estricta forma, es notoria la poderosa seducción que ejerce esa representación por sobre cualquier otro género o planteo formal. Si el objetivo de la obra es lograr la imagen realista de un individuo, tal vez la trasposición fiel de los rasgos contenga per se el espíritu del retratado o quizá el artista intente a través de su enfoque enfatizar el carácter de su modelo, no abordando necesariamente el terreno de la caricatura o bien recurriendo efectivamente a este lenguaje.
        De la caricatura al planteo de una quasi total disolución de las formas en el límite de lo abstracto, se abre un amplio abanico de grados de iconicidad, que en ocasiones hermetizan el signo tornando su iconología más ambigua. El punto medular es la instancia en que la imagen del retratado sufre un proceso de disolución de sus referentes con consiguiente merma de la narración, aun persistiendo la presencia de algunos rasgos, a la postre insuficientes para acceder a un plano de mayor accesibilidad semántica.
        Desde esta amplia perspectiva los retratos al pastel concebidos por Federico Murro, galería de personajes anónimos, se presentan como una búsqueda que oscila entre lo estrictamente plástico, con deliberada omisión de suficientes rasgos físicos ilustrativos de quién o de cómo y el gesto expresivo contenido, representado en el instante más significativo para su lectura psicológica. Sin embargo este juicio grosero excluiría datos descriptivos no literales sino connotativos de la narración, pertenecientes al orden compositivo más que al plano narrativo. Esta serie de una veintena de rostros parcialmente presentados parece invitar al espectador a imaginarlos en completud, desocultando los rasgos sumidos en la densa oscuridad. Un ejercicio casi lúdico y de definición estrictamente personal, a la medida del carácter y la experiencia de cada observador: lo ausente y lo ambiguo - rasgos omitidos y contexto tonal - consumando y definiendo la imagen.
        Si los retratos en su deliberada vaguedad - Murro evita la obviedad - embozan en ocasiones su tercio inferior, tanto como el cabello y los ojos - rasgo esencial en la decodificación de un rostro - la masa oscura que parece avanzar absorbiendo las formas podría, en su densa calidad terrosa, cubriente de la porción mayoritaria del espacio bidimensional, imprimir en los íconos una tónica saturniana, peso penumbroso sobre el espíritu de individuos anónimos. Siendo cualquier obra de arte una totalidad cuya apreciación fragmentaria es sólo justificada con un fin de fruición, su indeclinable lectura holística invalida una evaluación parcial a la hora de la síntesis concluyente.
        Murro utiliza el pastel restringiéndose a unos pocos colores, que aplica en forma arbitraria con el predominio de los rojos y los blancos. Estos colores, profusamente utilizados con pocas variantes de tono y con escasas instancias mortecinas de verdes, amarillos o grises azulados, aplicados en emplazamientos inesperados, contribuyen a fomentar un clima de irrealidad entre absurdo, farsesco y trágico. Los personajes retratados flotan en la bruma, más como apariciones fantasmagóricas abriéndose paso desde las sombras que como súbitos resplandores espectrales. El trazo lineal del pastel se funde en evanescencias pictóricas que incrementan la tónica general onírica, difusa y fragmentaria, planteadas en obras de porte menudo, suerte de discreto coro de sombras.
        Los rostros, moviéndose en una escala de mayor o menor acabado, manifiestan sin embargo en todos los casos una gran expresividad, aun en ausencia de sus rasgos fundamentales. Las sombras desempeñan un rol básico eclipsando a veces hasta su total desaparición algunas zonas, valorizando hasta una violenta polarización estos rostros devenidos máscaras - enteras o antifaces - en las que las luces son manchas blancas utilizadas con un criterio de comic o de comedia dell´arte. Los retratados asumen actitudes diversas captadas en instantáneas: melancólicos, absortos, sorprendidos, atentos, fijos los ojos en un punto, ausentes de mirada vacía, perdidos en lejanas disquisiciones, ensimismados en su turbia ensoñación o padecimiento. Pocas veces miran al observador, pero lo hacen con tácita desconfianza o con un esbozo de sonrisa socarrona.
        Galería de seres extraños, morbosos, deformes, escuálidos y enjutos como personajes religiosos del barroco, o de mejillas infladas - ya que no redondeadas - en su carne más que turgente, abotagada, quasi tumefacta. Prima facie diríase que en un contexto de claroscuro a ultranza, el artista se acerca a un círculo dantesco de pecadores, almas pensativas de hombres condenados, vencidos por el peso de la culpa, vacíos de esperanza y teniendo como único patrimonio el "maggior dolore (di) ricordarsi del tempo felice nella miseria".
        Torsiones baconianas, grotesco de la deformación y contraste violento de colores, luces y sombras sobre superficies duras, fofas o metálicas al extremo. Un sabor acre se filtra en estas imágenes de intensidad dramática y de silencio forzado, atribuibles a una madurez vivencial, contrapuesta sin embargo a la notoria juventud del artista. A pesar de sus breves años, Federico Murro es nombre ya familiar en el campo de la ilustración y la caricatura nacional, inquietudes creativas que se extienden a la presente vía expresiva en un continuum de naturaleza gráfica y, nobleza obliga, también en esta modalidad será oportuno otorgarle un debido voto de confianza.

    MARIA E. YUGUERO

                                 principal                                                    anterior                                                       siguiente