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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Freddy Oliver
Los
lenguajes abstractos no constructivos disponen de una cuota considerable de
aleatoriedad cuya sutil manipulación mantiene un vínculo directo
con la capacidad sensible del artista. Se ha hablado de la permisiva accesibilidad
de los mismos, ubicados según algunos a la mano de cualquier advenedizo,
sin embargo la expresión pictórica en esos términos no
representa ninguna clase de ventaja para el hacedor, pues sólo el artista
es capaz de producir arte, cualesquiera sean los términos. Sin duda la
apertura a una libre lectura es más amplia en la medida en que la imagen
tiende a abstraerse, pero en tal sentido una multiplicación fútil
de los elementos plásticos puede implicar el caos, reduciendo la capacidad
de comunicación al nivel de una estéril cacofonía. La diferencia
en todos los casos se evidencia desde los objetos, creación o chapucería.
Arte de improvisación y expresión
apasionada con materia atípica o usual, la estética del gesto
o de la rusticidad ha generado incontables propuestas desarrolladas en el uso
sensual de la materia y del color, siendo competencia del talento de cada artista
el otorgarles una impronta personal. Algunos de estos creadores integraron a
sus obras elementos figurativos de importante carga significante sin que por
ello haya mermado el carácter predominantemente abstracto de la imagen
ni haya depreciado su denso valor textural, sino que tal aporte potenció
el interés estético de la obra. De hecho esto ocurre cuando todos
los elementos constitutivos de una expresión artística se comportan
en función gestáltica.
Freddy Oliver, con la humildad de quien
sólo aspira y no ostenta, exhibe su primera serie de pinturas contraponiendo
un apasionado lenguaje a su actividad profesional, signada por guarismos y fórmulas
de cortesía: la soltura expresiva de su obra, vinculada a la profusión
matérica, actúa como saludable revulsivo. Sin duda el contacto
físico con la materia produce un refrescante regreso a los estadios elementales
del hombre, placer asociado a las formas primitivas de expresión, desde
la simple impresión de manos en el barro, al modelado de alfarería.
Prolífica en texturas de aparente
aleatoriedad, su obra recoge la inmediatez de su testimonio personal, en que
fragmentos difusos de silueta femenina aparecen delineados o más precisamente
hendidos por un instrumento cortante en la densidad del empaste. La forma se
reitera a veces apenas enunciada, sugerida por la presencia de breves trazos
de caracterización del sexo, quizá sólo una pincelada,
apenas una mancha. La estética de la materia trabajada con sutiles diferencias
de aglutinación y el carácter tonal predominantemente terroso
de la mayoría de los cuadros contribuyen a la percepción ilusoria
de espacios geográficos en que se describen grandes trazados en ríspidas
planicies nasqueñas. Otros descubren paisajes entrecortados de hondonadas,
mesetas, arroyos, densos boscajes, desbordes fluviales. Denso basamento de masa
coloreada, salpicada, acumulada, empastada es campo de experimentación
en la superficie fragmentada, seductoramente táctil. La exaltación
del azar sobre el ámbito bidimensional es sólo una ficción
que aporta frescura al planteo, en tanto los ritmos y la composición
desempeñan su función de dinámico balance.
Las elegantes tonalidades, paradójicamente
no reñidas con la rusticidad matérica, se salpican de brillantes
toques carmesíes o contrastan con derramados rojos carnales, volumétricos
por la ficticia aplicación de luces generadoras de sombras; una amplia
gama se abre desde el amarillo pálido al ocre en contraste con zonas
sombrías, toques negros, pálidos rosa, refinados grises azulados
y matices verdosos acompasados al orden de discreción y armonía
generales. El todo despliega la lujosa riqueza textural de un mármol
de rica veta cuyo movimiento intrínseco sufrió un proceso de lento
estancamiento concluyente en estrías petrificadas. Grafismos, salpicaduras,
chorreados, escisiones sobre un tejido en que contrastan fríos y cálidos,
mientras los blancos se encienden anulando su entorno. Las zonas que demarcan
los límites del contorno femenino son ricas en información plástica,
en tanto masas y pliegues generados por la ilusión de luces y sombras
adquieren carácter sensual por lo aterciopelado de la mancha, en un todo
independiente de sus implicancias figurativas. La distribución de líneas
y manchas, ya en el esbozo de figura humana o en el puro trazado ornamental,
ya en la masa coloreada o en el toque sutil, es coherente en estructuras de
ritmos acompasados y correspondencias compositivas en que los elementos como
voces dialogan unos con otros, espejados o comprometidos. Obras destinadas a
la visión detenida en el detalle.
Al cabo, Freddy Oliver se exhibe hoy como
un artista en especial sensible en el plano de la abstracción, intuitivo
en el tratamiento de la materia y refinado en el uso del tono, abriéndose
paso hacia un desarrollo potenciado de sus dotes. Sin duda ameritará
un seguimiento.
MARIA E. YUGUERO