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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Javier Santamaria
Nace en Melo, Cerro Largo, en 1960
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FORMACIÓN:
1977 a 1981: Círculo de Bellas Artes, bajo la dirección del Maestro Héctor Sgarby.
1982 a 1985: Taller del Maestro Guillermo Fernández.. 1987: Cursillo "Nuestra realidad artística, método de su estudio", a cargo del Profesor Juan Acha, Museo Nacional de Artes Visuales. 1989: Curso de Serigrafía a cargo de Oscar Ferrando, Club del Grabado. 1991: "Una visión práctica e histórica del arte contemporáneo», curso dictado por Stephen Farthing, Ruskin Master de la Ruskin School of Drawing and Fine Arts de la Universidad de Oxford, Inglaterra. Instituto Anglo, Montevideo. 1995: Viaje de estudios por España, Francia y Gran Bretaña. |
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La convivencia de las artes en interrelación sensible no implica la pérdida absoluta de los límites, aunque sí conlleve un recíproco enriquecimiento. Si la interpretación de una pieza musical puede ser escuchada y observada en la figura de su ejecutante, la posibilidad de percepción de la escena por parte del contemplador no la convierte en arte visual. Sin embargo, un poema o una obra plástica pueden emanar una armonía musical basada en sonidos y cadencias en un caso y en ritmos y colores en el otro, por sólo mencionar algunos factores a considerar. Aun el manejo de elementos en apariencia inarmónicos, disonancias utilizadas con solvencia, puede lograr una unidad firmemente estructurada de la que se desprenderá una armonía en especial virtuosa, puesto que lograda en base a elementos esquivos.
La elección del collage como principio expresivo connota la necesidad de una ruptura del plano en aras de la fragmentación de la imagen en sus elementos constitutivos, doble violencia ejercida sobre la bidimensionalidad como manifestación propia de un mundo drásticamente escindido. Cien años de tradición han hecho de esta técnica, suerte de bajorrelieve informalista, un producto auténtico de la era industrial, cuya modalidad expresiva encuentra un lugar de privilegio a partir del cubismo y continuando con el dadaísmo en las primeras décadas del s. XX. Desde la primaria superposición de elementos intocados cuya adición concluirá en el assemblage, a la intervención de la estructura por el color, la textura, los materiales o la modificación de diverso origen, el collage ha sido un vastísimo campo de investigación en las artes contemporáneas.
En este espacio de ambigua tridimensionalidad Javier Santamaría, artista cuya vía de expresión más frecuente se asocia a esta formulación, crea un mundo de armonías musicales, sutilezas emergentes en la rusticidad del cartón, material básico en la constitución de sus collages. Esta desgarrada rusticidad deviene soporte de "bárbaras armonías", en las que el gesto o el movimiento pausado suscitan claridades netas de blancos, estridencias rojas, profundidades azules, restallantes amarillos, marcando picos de contrapunto con discantos apastelados, suerte de frases musicales lentas y apacibles: rico palimpsesto de compartimentos vinculados entre sí por invasiones colorísticas, nexo sensible y unificador.
Un montaje de relieves cromáticos, en el que signos
gráficos o gestuales, códigos de lectura compositiva o semántica, devienen centros
de atención momentánea, rápidamente captada por el protagonismo de las partituras
musicales. Dice Baudelaire : "… Un arcón atestado de papeles extraños,/de
cartas de amor, versos, procesos y romances,/con pesados cabellos envueltos
en balances… soy un viejo boudoir con rosas deshojadas/donde yace un montón
de modas anticuadas;/ los dolidos pasteles y un Boucher ya apagado/ aspiran
allí solos un frasco destapado". Un viejo perfume de melodías olvidadas
parece emanar de estas antiguas partituras, sepiadas por el tiempo y estructuradas
en retazos de pentagramas salpicados de melodías truncadas. Reminiscencias de
orden formal en los caracteres tipográficos y en la pautación de las escalas
cromáticas que se intercalan en los trozos de cartón constitutivos del collage,
incorporándose con un aire casual, desmantido por la cohesión resultante. Títulos,
autores y claves se adivinan en lo fragmentario, como visiones fugaces que ayudan
a hilvanar un recuerdo. Tal vez nostalgia por pretéritas armonías musicales,
tal vez tozudas remembranzas por criterios plásticos caídos en desuso.
El carácter volumétrico de las propuestas formuladas con básico aprovechamiento de la naturaleza lábil del cartón y del papel, con eventuales inclusiones de maderas revalorizadas en su impronta de tiempo transcurrido, genera relieves informales transformados en soporte de enfática presencia para apuestas pictóricas, reafirmando a las veces su intencionalidad musical mediante líneas paralelas de color o haces de materiales filiformes, símiles de esencias de instrumentos de cuerdas, símbolos en sí mismos de composiciones orientadas a lo emotivo, como particularidad de ese tipo de instrumentos y de su coloratura dentro de la orquesta sinfónica. Estas líneas, de implicancias afectivas o temáticas, desempeñan a su vez un rol estructural, jugando un diálogo proficuo con los pentagramas incorporados como forma y contenido, a la manera de la música programática. Quizá una pequeña suite sinfónica sobre temas populares, tan cotidianos como el prosaísmo del cartón, pero tan trascendidos como su metaforización en piezas de arte.
La irregular superficie matérica, observada en su fragmentación y en su reconexión cromática, se enriquece en cada hoquedad, en cada desgarro y en cada chorreado, como una complementariedad dialéctica en la que lo ríspido y lo sutil se funden en un todo indisoluble. Música hecha piedra, se ha dicho de las catedrales medievales, música dijo Verlaine de la poesía, música dijeron Kandinsky y Klee de la pintura, música en las partes y partituras que se integran poéticamente en las obras de Santamaría, concluyendo breves melodías tan nostálgicas o alegres en sus variaciones sobre un tema, como moderada o intensamente coloridas se perciben, según tónica predominante de recuerdo nostálgico o de énfasis en lo nunca perdido.
MARIA E. YUGUERO