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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez"
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Esteban Smerdiner
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Montevideo, 1972
Formado en el taller de Cléver
Lara y en la Escuela Nacional de Bellas Artes en el Taller Seveso, con
Carlos Seveso y Carlos Musso, se dedica a la actividad pictórica
y docente desde el año 2000. esmerdiner@gmail.com |
"La
obra incompleta" tituló Esteban Smerdiner a su exposición
de retratos. Por simple definición, lo incompleto carece de algún
elemento óbice a su acabado, si bien muchas podrían ser las
lecturas de esa denominación, en especial considerando que la obra
de un artista jamás se completa, sino que se desarrolla y muta en forma
abierta durante toda su vida creativa, y con él o sus circunstancias
se trunca. El abordaje de una serie de retratos representativos de diversa
traza física y psicológica jamás podrá tener un
carácter acabado debido a la infinita variedad que ambas tipologías
presentan: una galería de personajes siempre será fragmentaria.
La naturaleza se multiplica ad infinitum, creadora de su íntegra opera
magna, en tanto el hombre posmoderno, atosigado de imágenes y de ruido,
construye con dificultad su propio espacio exento y silencioso para encontrarse
consigo, reflexionar sobre el afuera y construir su mundo creativo, sabiendo
que su obra jamás alcanzará la completud del genio natural.
Los retratos de Smerdiner nacen de esa mirada, que con inusual humildad el
artista arroja sobre sí y sobre su obra, incompletos en tanto sólo
lo perfecto es absoluto.
Los individuos retratados parecen provenir de
su círculo íntimo, dado el contexto cotidiano y las circunstancias
informales de su representación. Una galería de personajes de
diferentes edades, en actitudes diversas y respondiendo a patrones psicológicos
variados observan inmutables al observador, no sin deslizar un cierto aire
de sutil ambigüedad. No posan ni son sorprendidos sino simplemente encaran
al interlocutor o giran sin urgencia el rostro, dirigiéndole inexpresivos
una mirada neutra no reflejante de pensamiento alguno o intención deliberada,
con excepción de una joven en quien la mirada podría asumir
una cierta intencionalidad lúdica muy femenina, pero muy discreta.
Eventualmente algún personaje, sin variar la impasibilidad del rostro
ni el porte imperturbable, parecería asumir una actitud curiosa, inquisitiva
o quizá divertida. Fácilmente imaginables dentro de marcos ovales,
tal vez por su misma actitud contenida o su voluntaria falta de expresión,
constituyen una silenciosa presencia de empaque antiguo, sin manifestarse
comprometidos con sus actividades sino distanciados, indiferentes en su frialdad
y evidenciando un deseo de reserva, de limitada o ausente comunicación.
Imágenes marcadamente verticales reducen
su presentación a espacios reducidos, casi aprisionados en su escueta
libertad de acción, circunscriptos a escasos referentes de entorno,
incluso nulos. La dimensión vertical comporta de por sí una
limitación al desarrollo de una idea, tendiendo a inmovilizar la representación,
dada la mayor capacidad de relato de la horizontal. De hecho, en varios casos
los personajes están planteados en la mitad inferior del plano, con
un horizonte buscadamente bajo, lo cual limita su área de desarrollo
no sólo horizontalmente, sino en su misma verticalidad.
Cerúleos, apagados, sepiados, los íconos emergen de una semipenumbra,
tenuemente iluminados por reflejos mortecinos. Utilizando una paleta baja,
resultante de restringidos amarillos, verdes, marrones y restringidos rojos,
el artista define sus planteos con una resolución quasi monocroma.
Las sombras se perfilan grosso modo, al tiempo que los planos de luz se proyectan
drásticos, sumiendo en ocasiones a los personajes en zonas de completa
penumbra y obedeciendo a un criterio general de resolución sintética
de las formas. Grandes planos se definen esquemáticos, tendentes a
una laxa geometría planista, acentuada por la línea negra de
contorno, recurso artificial que redunda en un distanciamiento del realismo,
no existiendo valoración de línea como resultante de la ponderación
de la luz.
Respondiendo a premisas áureas, el dibujo
de Smerdiner distorsiona ad libitum las proporciones de sus personajes, que
se organizan a grandes rasgos como configuraciones en bloque, sin implicar
merma en su carácter real, no simbólico, en tanto la ausencia
de perspectiva produce planos rebatidos. En ocasiones es una resolución
lineal la que define zonas del retrato, en tanto esporádicos toques
blancos vitalizan puntos de luz y el uso de algún color de excepción
se despega del contexto en forma llamativa. El tono como norma general y la
tónica macilenta uniformizando las carnaciones serían sólo
visiones a vuelo de pájaro de una obra que exige una proximidad física
para el descubrimiento de sutiles variaciones en el matiz, en el uso de múltiples
colores para el logro de un tono de distante apariencia terrosa y proximidad
de reflejos rojizos. Es asimismo notorio el énfasis compositivo y la
distribución de múltiples elementos útiles al ordenamiento,
variando desde objetos del entorno del retratado a simples prismas regulares
de carácter lineal obrando como factores de equilibrio. La tendencia
reduccionista a lo esquemático, aplicada a la figura humana con claras
alteraciones en la proporción, no implica sin embargo una pérdida
de su carácter real, a pesar de un cierto dejo caricaturesco.
Ajustadas a una estética general en extremo
sobria, las composiciones prescinden de toda información superflua,
satisfaciendo lo estrictamente necesario a la resolución plástica
del personaje, que permanece sumido en su ambigüedad idiosincrática,
librando al observador la conclusión de los caracteres. Esta faceta
no es considerada prioritaria por Smediner, quien apunta a concretar pintura
sujeta a premisas formales por sobre el énfasis narrativo, que sin
ser descuidado parece supeditarse a la mirada subjetiva del contemplador.
Una paleta baja casi monocromática en su tono apagado, una esquematización
tendente a lo ortogonal y un uso ponderado de la sección áurea
constituyen una búsqueda en la línea de la tradición
pictórica clásica. Por su parte, toda la galería de personajes
emana un profundo silencio algo inquietante, pareciendo revertir el orden
de prelación por el que el visitante observa al retratado: los personajes
de Smerdiner contemplan al visitante con apatía, suspendidos en un
tiempo difícilmente definible, pero seguramente pasado y quizá
olvidado, símiles de daguerrotipos de color asordinado y críptico
mensaje, presenciando inmutables el espectáculo de lo efímero
y dejando transcurrir la vida del contemplador.