sala de arte "Carlos Federico Sáez"
 
  • Texto curaturial
  • Esteban Smerdiner

    Montevideo, 1972

    Formado en el taller de Cléver Lara y en la Escuela Nacional de Bellas Artes en el Taller Seveso, con Carlos Seveso y Carlos Musso, se dedica a la actividad pictórica y docente desde el año 2000.
    Como docente se desempeñó en el dibujo del cuerpo humano en el Taller Lara, Centro de Diseño Industrial, Escuela de Moda Peter Hamers y Escuela de moda Pablo Giménez.
    Actualmente es docente en el Taller Lara, Centro de Diseño Industrial, Escuela de moda Pablo Giménez y en el Taller de Arte de la carrera de Diseño Gráfico del Instituto Bios. Desde el 2009 dicta cursos de dibujo y pintura en su propio taller.

    esmerdiner@gmail.com


    Texto curaturial

         "La obra incompleta" tituló Esteban Smerdiner a su exposición de retratos. Por simple definición, lo incompleto carece de algún elemento óbice a su acabado, si bien muchas podrían ser las lecturas de esa denominación, en especial considerando que la obra de un artista jamás se completa, sino que se desarrolla y muta en forma abierta durante toda su vida creativa, y con él o sus circunstancias se trunca. El abordaje de una serie de retratos representativos de diversa traza física y psicológica jamás podrá tener un carácter acabado debido a la infinita variedad que ambas tipologías presentan: una galería de personajes siempre será fragmentaria. La naturaleza se multiplica ad infinitum, creadora de su íntegra opera magna, en tanto el hombre posmoderno, atosigado de imágenes y de ruido, construye con dificultad su propio espacio exento y silencioso para encontrarse consigo, reflexionar sobre el afuera y construir su mundo creativo, sabiendo que su obra jamás alcanzará la completud del genio natural. Los retratos de Smerdiner nacen de esa mirada, que con inusual humildad el artista arroja sobre sí y sobre su obra, incompletos en tanto sólo lo perfecto es absoluto.
         Los individuos retratados parecen provenir de su círculo íntimo, dado el contexto cotidiano y las circunstancias informales de su representación. Una galería de personajes de diferentes edades, en actitudes diversas y respondiendo a patrones psicológicos variados observan inmutables al observador, no sin deslizar un cierto aire de sutil ambigüedad. No posan ni son sorprendidos sino simplemente encaran al interlocutor o giran sin urgencia el rostro, dirigiéndole inexpresivos una mirada neutra no reflejante de pensamiento alguno o intención deliberada, con excepción de una joven en quien la mirada podría asumir una cierta intencionalidad lúdica muy femenina, pero muy discreta. Eventualmente algún personaje, sin variar la impasibilidad del rostro ni el porte imperturbable, parecería asumir una actitud curiosa, inquisitiva o quizá divertida. Fácilmente imaginables dentro de marcos ovales, tal vez por su misma actitud contenida o su voluntaria falta de expresión, constituyen una silenciosa presencia de empaque antiguo, sin manifestarse comprometidos con sus actividades sino distanciados, indiferentes en su frialdad y evidenciando un deseo de reserva, de limitada o ausente comunicación.
         Imágenes marcadamente verticales reducen su presentación a espacios reducidos, casi aprisionados en su escueta libertad de acción, circunscriptos a escasos referentes de entorno, incluso nulos. La dimensión vertical comporta de por sí una limitación al desarrollo de una idea, tendiendo a inmovilizar la representación, dada la mayor capacidad de relato de la horizontal. De hecho, en varios casos los personajes están planteados en la mitad inferior del plano, con un horizonte buscadamente bajo, lo cual limita su área de desarrollo no sólo horizontalmente, sino en su misma verticalidad.
    Cerúleos, apagados, sepiados, los íconos emergen de una semipenumbra, tenuemente iluminados por reflejos mortecinos. Utilizando una paleta baja, resultante de restringidos amarillos, verdes, marrones y restringidos rojos, el artista define sus planteos con una resolución quasi monocroma. Las sombras se perfilan grosso modo, al tiempo que los planos de luz se proyectan drásticos, sumiendo en ocasiones a los personajes en zonas de completa penumbra y obedeciendo a un criterio general de resolución sintética de las formas. Grandes planos se definen esquemáticos, tendentes a una laxa geometría planista, acentuada por la línea negra de contorno, recurso artificial que redunda en un distanciamiento del realismo, no existiendo valoración de línea como resultante de la ponderación de la luz.
         Respondiendo a premisas áureas, el dibujo de Smerdiner distorsiona ad libitum las proporciones de sus personajes, que se organizan a grandes rasgos como configuraciones en bloque, sin implicar merma en su carácter real, no simbólico, en tanto la ausencia de perspectiva produce planos rebatidos. En ocasiones es una resolución lineal la que define zonas del retrato, en tanto esporádicos toques blancos vitalizan puntos de luz y el uso de algún color de excepción se despega del contexto en forma llamativa. El tono como norma general y la tónica macilenta uniformizando las carnaciones serían sólo visiones a vuelo de pájaro de una obra que exige una proximidad física para el descubrimiento de sutiles variaciones en el matiz, en el uso de múltiples colores para el logro de un tono de distante apariencia terrosa y proximidad de reflejos rojizos. Es asimismo notorio el énfasis compositivo y la distribución de múltiples elementos útiles al ordenamiento, variando desde objetos del entorno del retratado a simples prismas regulares de carácter lineal obrando como factores de equilibrio. La tendencia reduccionista a lo esquemático, aplicada a la figura humana con claras alteraciones en la proporción, no implica sin embargo una pérdida de su carácter real, a pesar de un cierto dejo caricaturesco.
         Ajustadas a una estética general en extremo sobria, las composiciones prescinden de toda información superflua, satisfaciendo lo estrictamente necesario a la resolución plástica del personaje, que permanece sumido en su ambigüedad idiosincrática, librando al observador la conclusión de los caracteres. Esta faceta no es considerada prioritaria por Smediner, quien apunta a concretar pintura sujeta a premisas formales por sobre el énfasis narrativo, que sin ser descuidado parece supeditarse a la mirada subjetiva del contemplador. Una paleta baja casi monocromática en su tono apagado, una esquematización tendente a lo ortogonal y un uso ponderado de la sección áurea constituyen una búsqueda en la línea de la tradición pictórica clásica. Por su parte, toda la galería de personajes emana un profundo silencio algo inquietante, pareciendo revertir el orden de prelación por el que el visitante observa al retratado: los personajes de Smerdiner contemplan al visitante con apatía, suspendidos en un tiempo difícilmente definible, pero seguramente pasado y quizá olvidado, símiles de daguerrotipos de color asordinado y críptico mensaje, presenciando inmutables el espectáculo de lo efímero y dejando transcurrir la vida del contemplador.

    MARÍA E. YUGUERO

     

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