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sala
de arte "Carlos
Federico Sáez" |
Luis "Tunda" Prada
Luis "Tunda Prada" nace en Montevideo en 1959. Cursa Facultad de Arquitectura (1983-88) y estudia dibujo y pintura en los talleres de Enrique Badaró (1989), Guillermo Fernández (1995) y ENBA (1996). Se desempeña como dibujante free lance (1977-2006), como director y realizador del programa "La mano que mira" en TV Ciudad (2000-09), siendo co-fundador de las revistas "El dedo", "Guambia", "El Tic-tac", "El Pulgar" ((1982-2000). Asimismo colabora en la revista "Caras y Caretas" (2001-06) y produce spots y cortos animados publicitarios e institucionales. Dirige junto a Fermín Hontou (Ombú) un taller de caricaturas e historietas (1994-2009). |
Ocioso sería abundar en una imagen cuyo alcance masivo hace de Luis "Tunda" Prada un referente nacional en el campo del comic, de la animación y de la ilustración, actividades desarrolladas en forma paralela a su sostenida tarea de difusión del arte gráfico nacional y extranjero, a su labor docente y a su actividad musical. Algo menos frecuente ha sido la exhibición de su obra concebida en estrictos términos de plástica, lo cual la hace objeto de especial atención.
En tal sentido Tunda presenta hoy esta serie de acuarelas de afectuosa ideación y delicada factura. Con el título de "Mis Venus" reúne un grupo de dibujos inspirado en la estética de las Venus paleolíticas, pequeñas esculturas en piedra concebidas durante el cuaternario con fines mágicos. Predestinadas al conjuro de la fertilidad durante la era matriarcal, las estatuillas enfatizan estáticas sus caracteres sexuales primarios como forma de preservación de la especie. Imágenes femeninas esenciales, síntesis icónicas pertenecientes a un tiempo inicial pero profusamente creativo, aunque el conocimiento de sus tesoros no sea lo bastante difundido.
Las Venus de Tunda, pequeñas diosas del amor ya no sagrado en su fértil objetivo, sino profano en su representación de muñecas sensuales, se ubican fuera de todo referente, justo en un lugar emotivo emplazado en su amorosa pertenencia.
Manteniendo los caracteres más notorios de las paleolíticas, estas Venus intemporales son abundosas pero armónicamente atractivas y aun en sus actitudes más provocativas mantienen en su mayoría una paradójica actitud ausente o circunspecta no pertinente a su performance manifiestamente desenfadada. Su esencialidad opulenta pero etérea por depurada parece significarse en fetiches eróticos, ya que no de la fecundidad. Mujercitas sofisticadas, idealizadas como personajes clásicos, flotan ingrávidas, serenas, reconcentradas, proyectadas hacia un interior inextricable. Sólo algunas miran al observador en forma curiosa o inquisitiva, indiferentes a la opinión ajena, situadas más allá de cualquier juicio humano. Parecen experimentar una complaciente y profunda entrega en cada situación en que son sorprendidas, como si sólo ése fuese su objetivo, aunque conscientes del placer que por añadidura proporcionan a los espectadores o a los voyeurs. Algunas danzan en puntas, aguzadas y mínimas puntas, acordes a sus pequeños pies, tan diminutos como sus expresivas y delicadas manos. Si una se brinda a sus admiradores o potenciales amantes en una copa en la que posa y reposa elevando un brindis a su propia salud, otras practican un complicado y sensual acto de equilibrismo en que múltiples personajes concatenados se constituyen en objetos de agrado. Estas mujercitas rechonchas a la manera de las paleolíticas, ostentan como ellas atributos decorativos: tocados - único detalle ornamental de las primigenias - brazaletes, cabello largo y sensual, rouge labial, pero a diferencia de ellas no son estáticas, apacibles y fecundas madres, sino atractivas Venus, displicentemente activas en su lento abandono. Delicadas, elegantes, glamorosas, sus carnes turgentes y aterciopeladas invitan al deleite táctil.
Dos son los enfoques que de la técnica de la acuarela podrían reconocerse en esta muestra, según el tratamiento que el autor da a la natural fluctuación del agua.
Nueva demostración de un refinado manejo, algunas de estas acuarelas están concebidas con carácter pictórico, pues la acción aleatoria del procedimiento sólo se libera por zonas específicas, sufriendo en su mayor superficie un tratamiento de densidad cubriente, de amaestramiento y control de la materia líquida. Las zonas en que el artista ha fraccionado la pincelada con un objetivo expreso de denotación de dinámicas texturas se comportan como fondos neutros de color pardo, ricos y agitados por oposición a la sosegada delicadeza de los movimientos femeninos. Los contornos de las figuras están recortados por líneas oscuras que resaltan a los íconos, despegándolos de los fondos por contraste con las carnaciones pálidas. La piel tersa, cerúlea, se ilumina en puntos de luz difundidos sobre las masas níveas, golpeando sobre pequeños detalles de tono rosa, labios y tetillas, resaltados como guindas sobre un pastel. Los ornamentos, generalmente tocados, se dinamizan en forma de diseños nouveau, o serpentean cilíndricos en rayados transversales dorados y rosas. El planteo compositivo se ordena sobre estrictas premisas de línea curva y construcción en pirámide o en diagonal, con movimientos generadores de desplazamientos circulares, ritmos suavemente encadenados impulsando el movimiento en el sentido de las agujas del reloj, suerte de molinetes cuyas aspas toman la forma de brazos, tocados, senos, piernas, dedos, pies.
En tanto liberado de su impuesta contención, el procedimiento no frena, sino sólo condiciona el caprichoso devenir del agua, cuyo deambular va definiendo itinerarios no totalmente aleatorios, sí permisivamente consentidos. Las imágenes figurativas desvanecidas sobre fondo blanco abandonan su compacidad y se tornan más translúcidas, virando sutiles hacia un lenguaje más abstracto, con una pérdida de definición del color y un predominio de la plasticidad. Una consiguiente apertura de los códigos narrativos, una dilución de las líneas y un discurrir azaroso del matiz dentro de los adelgazados límites de las figuras, conducen a la apreciación de las formas fluctuantes, informalmente femeninas, aunque su calidad de tales ya no sea factor dominante. Asimismo se produce una merma de su capacidad humorística, con un consiguiente incremento en su generación de emotividad estética. Bellas a su manera pero no glamorosas, estas Venus truecan su sensualidad icónica por una sensualidad plástica, ajena a las turgencias ostentadas por las mujercitas contorsionistas en favor de valores más estrictamente estéticos. Otros elementos significantes responden a esta serie más "acuarelada", puesto que la proyección de sombras o la representación de sonidos se inscriben en formas compactas continentes de signos ornamentales o musicales concebidos con el mismo criterio fluctuante de formas curvas aplicado a otros elementos; configuraciones tendentes a la síntesis geométrica pura, siempre basados en el trazado curvo: círculos, parábolas, espirales u óvalos perfectos. Otros objetos, como bases de apoyo o cabelleras con forma de casquete, funcionan como drásticas oposiciones al decurso veleidoso del agua, compacidades oscuras enfrentadas a la transparencia de las Venus intangibles.
Es innegable que estas acuarelas condicen con
el espíritu lúdico e hilarante de Tunda, cuya creatividad en el mundo del
comic testimonia un sentido del humor de variada incursión, al que responde
la sonrisa con preferencia a la risa. Sus Venus glamorosamente carnales carecen
de la ironía o el absurdo de Neme, la solemnidad de Botero o la decadencia
de Saudek, pues sus desempeños todos son cumplidos con natural laboriosidad,
desde la ejecución de un ballet o la entonación de una partitura a la emulación
de Atlas, paradoja de un desenfado próximo a la ingenuidad. Su fino erotismo,
su gracia en la danza, su elasticidad quasi contorsionista son habituales
en mujeres de proporciones estilizadas, pero estas diosas pletóricas no parecen
considerarlo, paradoja que origina esa punta de humor sonriente. Armonía ideal
sui generis asumida con la serena trascendencia de las Afroditas helenísticas,
estas bellas deidades personales del amor son auténticas acreedoras a desinencias
diminutivas.
Es palpable la alegría con que el artista ha creado sus Venus atípicas, en simpática actitud protectora y admirativa pero con un claro objetivo plástico, atento a todos los elementos compositivos que condicionan la forma de abordaje de los íconos, concebidos en función del ordenamiento del plano, de los ritmos, del tono, de la textura, de la valorización. Oportuna conjunción de un profuso mundo imaginario y su resolución sobre el plano. Sin duda un dibujante defensor del oficio: la labor escrupulosa que desautoriza la mirada distraída y requiere de la observación atenta y emocionada.
MARIA E. YUGUERO