sala de arte "Carlos Federico Sáez"
 
  • Texto curaturial
  • Sergio Viera

    Nació en Montevideo, Uruguay, en 1954. Desde los 12 años se relaciono con integrantes de la "Escuela del Sur". A esa edad inicia sus estudios de dibujo y pintura con A. Latuf, continuando luego con E. Ribeiro. Conoció a la mayoría de los integrantes de dicha escuela. En la década del setenta se radica en Argentina (Bs.As.) prosiguiendo su formación plástica con A. Delmonte.
    Retorna a Montevideo en 1988. Paralelamente a su actividad de pintor, se dedica a la enseñanza de las artes plásticas (Intendencia Municipal de Montevideo 1993-1998, Museo Departamental de San José 1995-2000) y también en su propio taller.
    Ha realizado murales de grandes dimensiones y esculturas en espacios públicos. Ha incursionado en cerámica, grabado y diseño de rejas.

    EXPOSICIONES INDIVIDUALES DESDE EL AÑO 2000 A LA FECHA
    2004 Museo de Arte Moderno. 5. Domingo, Rep. Dominicana.
    2004 La Galería. 5. Domingo, Rep. Dominicana.
    2002 Galería del Machango. San Carlos, Uruguay.
    2001 Museo Torres García. Montevideo, Uruguay.
    2001 Museo Agustín Araujo. Treinta y Tres, Uruguay.

    EXPOSICIONES COLECTIVAS:
    Desde 1983 hasta la fecha ha participado en más de cien exposiciones colectivas en su país y en el extranjero.
    Participo del proyecto Plaza de Arte de la Fundación Bank Boston.
    Integra la "Uruguay Cultural Fundation for the Arts" desde su creación.

    ESTUDIOS REALIZADOS:
    Historia del Arte en el Instituto Argentino de Cultura Hispánica. Prof. Azamor. Bs.As.
    Civilización Moya. Prof. Fernández Arroyo. Bs.As.
    Culturas Precolombinas de la América del Sur. Lic. Guillermo Magrassi. Bs.As
    Culturas Alfareros Precolombinas. Antropóloga Florencia Kusch. Bs.As.
    Arte Prehistórico. Lic. Mario Cosens. Motevideo.
    Estética. Facultad de Humanidades. Prof. Juan Fló. Montevideo.

    Ha visitados los museos más importantes de Europa y Estados Unidos y ha viajado por distintos países de América del Suryel Caribe.

    Texto curaturial

          La imagen abstracta goza de prerrogativas como salvoconducto de la comunicación en términos líricos, de extroversión visceral, o en clave concreta, construida sobre elementos racionales, suerte de esperanto. El universalismo constructivo, de numen abstracto, nacido del ansia ecuménica y de la raíz autóctona torresgarcianas, logos y pathos del Maestro uruguayo, alcanza una síntesis dialéctica entre factores contradictorios, flexibilizando su ortodoxia con humana sencillez.
         De esta veta sensible, propuesta en dimensiones que oscilan entre lo monumental y lo intimista, personalizada en respetuosas variantes cromáticas, en el uso relativizado de la medida áurea y vinculándose a una narrativa puntual, surge la obra de Sergio Viera. Un lenguaje universal, pero arraigado en América latina, ponderado, pero imbuido de un arcaísmo de atmósfera precolombina a través de sus signos, sugerentes de grafismos arqueológicos. No existen claras figuraciones ni frías e impecables precisiones geométricas en su obra: sus formalidades resultan de una cálida familiaridad, trascendiendo la libre aproximación al taller Torres García. Una familiaridad tal vez atribuible al pensamiento de Kandinsky de que toda abstracción responde consciente o inconscientemente a referentes reales, como lejanos ecos. La espontánea empatía establecida entre la obra de Viera y el contemplador se reafirma en la reveladora instancia de la titulación de las obras, suerte de confirmación de lo intuido o de reemprendimiento de la percepción a través de nuevos itinerarios visuales.
         La subjetividad de su adherencia a las pautas torresgacianas estimula la vía expresiva de su poética personal. Geometrías naturalizadas, humanizadas de texturas y matices cromáticos que van de lo abstracto sintético al tono a veces ensordecido, con frecuencia trascendido hacia la expresión de emociones más viscerales. Los signos, vinculados a las culturas precolombinas, se aferran semánticamente a esta tierra, tendiendo un puente tectónico entre Latinoamérica y Europa, presente en algunos de sus planteos, cercanos a un expresionismo informalista. Su pintura no particulariza a la ciudad de Montevideo, como la obra de Torres García, sino al continente todo, contenido a su vez en títulos formulados en lenguas autóctonas, en códigos de tono, de grafismos, de ritmos. Estas formalidades de lectura abstracta, pero condicionadas formalmente por un eventual relato, flotan en un espacio ambiguo, entre la ficción del soporte blanco y la acción desempeñada por los personajes esenciales, formas evocadoras de emociones y asimilables a seres específicos, contextualizados por pinceladas entonadas, translúcidas. Dinámicas en el entrecruzamiento y concatenación de líneas y zigzagueos, aguzándose o engrosándose, estas formas protagónicas de historias se responden rítmicamente unas a otras, a proximidad o a distancia, actuando en un espacio de ordenada claridad. Sus dibujos de línea, realizados con trazo firme y seguro, con certera continuidad y solvente intuición espacial, se organizan con naturalidad sobre el plano, ordenando la complejidad en apaciguantes armonías.
         Quizá la forma preceda a la narración y sugiera la titulación de sus pinturas o quizá Viera conciba sus cuadros desde la abstracción de un relato imaginario, pero sin lugar a dudas sus esculturas, de fino humor y sutil ironía (no ausentes en su pintura, pero de presencia más sutil), se travisten según pautas sugeridas por los objetos hallados, laborados por el azar en forma caprichosa. Reafirmadas por el ojo sensible del artista mediante líneas, punteados, planos de color, sus maderas se contorsionan gesticulantes según su nueva máscara, definida por ejercicio de la voluntad creativa. El espacio acotado como superficie pictórica en estas esculturas propicia el mayor uso de la línea y de la forma geométrica, a cuya resultancia los objetos encontrados de Viera devienen reptiles o pájaros exóticos, temperamentales y expresivos, de vital colorido e ingenioso diseño.
         En suma, Sergio Viera escapa a los parámetros del Taller Torres a través de planteos más libres, tal vez con una nostálgica emancipación de sus orígenes, pero con una ponderación armónica distante del ex abrupto. Se diría que su filiación se inscribe más naturalmente en el espíritu americanista que en el universalismo de Torres, puesto que el orden pautado de la Escuela no es sine qua non su concepto de ordenamiento de las formas en el espacio, por otra parte laxamente supeditadas al rigor áureo. Tampoco suele ser dogmática su respuesta al tono, si bien son notorios los límites de su flexibilidad, autoimpuestos con la disciplina de la sobriedad. Si por abstracto su lenguaje es universal, su vigor, su cromatismo y sus códigos sígnicos tienen resonancia latinoamericana y especificidad de narrativa puntual, con una resultante de imágenes concebidas desde la mesura y dirigidas a la emoción sensible.

    MARIA E. YUGUERO

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