En la última década del siglo XIX llega a Montevideo la aristocrática sensualidad del espíritu finisecular, en la forma de un romanticismo decadente. Esta se manifiesta en figuras de jóvenes creadores, representantes del dandismo intelectual, emblemático de la Belle Epoque.
 En las letras, una actitud de rechazo a la vulgaridad del estilo de vida se manifestó en un individualismo aristocrático de cuño romántico francés en la obra de Julio Herrera y Reissig, Roberto de las Carreras y Carlos Reyles en sus primeros tiempos. Simultáneamente surgió una bohemia anarquista y rebelde que se tocaba con el romanticismo en las figuras de Horacio Quiroga y Florencio Sánchez.
 Junto al dandismo y el acratismo disidentes, propios del modernismo, se hacía presente el pensamiento positivista arraigado en el espiritualismo idealista del siglo XVIII.
 Si entre los escritores regía la estética modernista, entre los plásticos de prestigio aún se imponían los principios aristocráticos italianos que la figura del español Rusiñol representaba para América.
 El concepto ochocentista de espiritualismo
se vierte en nuevos moldes estéticos y se funde con el refinamiento mundano
del novecientos. En Montevideo (R.O.U.) regía aún un eclecticismo alegórico,
por lo que el modernismo tardó en ser oficialmente aceptado.
 Fueron asimismo contemporáneos a esta generación los pintores Pedro Figari, Joaquín Torres García, Vicente Puig, Ernesto Laroche, siendo Sáez el pionero del modernismo pictórico en el Uruguay.
 En Roma, el joven Sáez recibe las enseñanzas de pintores españoles: Sánchez Barbudo, Pradilla y la Gueruela, en la tradición de Mariano Fortuny. Es receptivo a las influencias italianas de Domenico Morelli y sus seguidores Mancini y Michetti. De ellos toma el gusto por los contrastes en trazos seguros, rápidos, empastados o diluidos.
 En Italia se daban, por entonces dos grandes corrientes estéticas: la aún superviviente academicista en Florencia, donde había cursado sus estudios Juan Manuel Blanes y la de Roma, donde habían hecho irrupción los "macchiaioli", para quienes la obra de arte es el desarrollo de la primera impresión recibida y plasmada en mancha de color, como valoración y relación, en el entendido de que el motivo debe ser tomado de la realidad "il vero", puesto que para el arte todo en la naturaleza es bello. Esta corriente se adapta a la sensibilidad de Sáez marcando su obra con una impronta indeleble.
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 Tal vez con espíritu de humor, tal vez como
una especulación estética, durante su estadía en Italia el artista utiliza
como fondo para sus retratos un biombo de papel pintado por él mismo,
de características particulares: se trata de pintura abstracta. Esta experiencia
lo convierte en el primer artista uruguayo en desarrollar semejantes imágenes,
que no fueron legitimadas sino hasta 1910, con la primera acuarela abstracta
de Kandinsky. |
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 En 1890 el Art Nouveau retoma el tema de las flores y los vegetales, que el romanticismo pictórico inglés había desarrollado con anterioridad. Pintura, diseño y decoración exhiben el motivo como otra de las características de la elegante vitalidad del modernismo en la Belle Epoque. Sáez concretó un álbum de acuarelas y dibujos de lirios y azucenas que luego obsequió a la Reina de Italia.
 Las flores tuvieron por la época connotaciones eróticas: imagen lánguida y sensual de la mujer refinada e imagen restallante y carnal toda color a la manera española, adornando a la mujer con un fuerte acento popular. Ambas se encuentran en Sáez.
 Sin duda la figura humana, y más concretamente el retrato, concentran la atención del artista, quien consagra la casi totalidad de su obra a representar personajes que dejaron una visión acertada de la sociedad europea y de la montevideana en la última década del siglo pasado.
 
Carlos
Federico Sáez, iniciador de la corriente modernista en el Uruguay,
murió en Montevideo (R.O.U.) a los veintidós años y dos meses de vida.
MARIA E. YUGUERO